Blog sobre literatura y creatividad.

Mes: febrero 2018

Danzando Alrededor del fuego

La Felicidad que se Negaron

Mi turno para el #tallerapocaliptico en el grupo “El Ojo Critico” según las especificaciones:

Una de las cosas que mas me impresiona es la habilidad de crear ambientes alegres, tranquilos o felices capaces de transmitir emociones tan contrarias como tristeza, desesperanza o angustia. he leído algunos ejemplos y el mas reciente es “La ultima noche del mundo” de Ray Bradbury que usare como ejemplo para explicar lo que digo.
http://ciudadseva.com/texto/la-ultima-noche-del-mundo/
el reto que propongo es tratar de describir una historia, sea contemporánea, apocalíptica o post-apocalíptica que transmita una primera impresión feliz, pero de fondo haga sentir desesperanza o tristeza. en menos de 500 palabras.
como curiosidad, si lo desean, pueden agregar cuanto tiempo les ha llevado y en que se han inspirado para escribirlo.

Yo

(556 palabras) #noobcomplex

Tiempo de escritura: 20 minutos

Realmente no se en que me inspiré, tal vez en una especie de purgatorio, pero buscando que sea feliz. digamos que no lo tengo claro


La Felicidad que se Negaron

Danzando Alrededor del fuego
Danzando Alrededor del fuego

En el amanecer del tercer día, el festival estaba en todo su apogeo. Los rostros felices de las familias mostraban la emoción de asistir al último evento del año. Una niña avanzaba zarandeando su osito mientras saltaba entre los transeúntes que iban desapareciendo según avanzaba. Había perdido a sus padres, pero no lo sabía. No los recordaba, no le importaba.

El centro estaba lleno de personas bailando al ritmo de una suave canción que sonaba a lo lejos sin poder determinarse su origen. Coreografías elegantes desplegaban un mar de movimiento que hacía que la multitud se mueva coordinada como un ejército de hormigas que siguen un rastro en círculo que se extiende y contrae según cambia el tono de la música.

Los danzantes toman una pareja, cualquier miembro de la multitud cada vez más pequeña y bailan según suena la siguiente canción. Un suave Valtz con el cual se pegan y alejan con una sonrisa sincera de felicidad hasta que cansados al final de la canción, hacían una reverencia y desaparecían sin que a nadie le importara.

Las calles están llenas de locales adornados con todas sus galas. Comidas sabrosas se ofrecen a mitad de precio mientras las personas se abomban a las puertas esperando ser atendidas y con la eficiencia de mil máquinas los recepcionistas despachan sus productos con rapidez.

La emoción de la gente al recibir lo que buscaban era sin duda algo digno de admirar. Las familias buscaban un lugar donde tranquilos, con el murmullo de la gente conversando a su alrededor, se sentaban a comer, disfrutar de sus alimentos los cuales frecuentemente eran compartidos para probar los sabores que no eligieron. Algunos conversaban sobre lo que les había ocurrido durante el día y otro sobre cosas del trabajo. Algunas lágrimas corrían por sus rostros tras disculparse por alguna cosa del pasado y otros tan solo se recostaron a ver las nubes pasar mientras con dulces palabras se despedían y ascendían como un vapor etéreo que se disipaba en el aire.

El día avanzaba, las multitudes se disolvían como polvo arrastrado por el agua de la lluvia y los locales fueron cerrando, satisfechos de unas buenas ventas y quedaron vacíos.

La ciudad quedó vacía. El campo quedó vacío. El día se iba degradando mientras la noche nacía al ritmo de una suave canción que aún se oía en los parques donde los restantes aun jugaban.

Niños sin padres caminaban entre los juegos buscando algo que jamás existió, algo que nunca tuvieron y olvidando sus preocupaciones, comenzaron a entretenerse en largas conversaciones cuando no, en divertidos juegos que ellos mismos inventaban.

Los locales de comida aún tenían dulces y frutas que tomaban libremente y compartían hasta quedar satisfechos, llenos, felices.

El agotamiento llegaba a todos por igual y mientras una niña caminaba entre todos, cada uno de ellos fue despidiéndose con una sonrisa alegre con la esperanza de jugar una vez más, algún día como lo hicieron esta vez. Tal vez desearon atesorar su felicidad en el fondo de sus corazones, mientras se convertían en un vapor intangible que se diluía en el aire.

La niña por su parte, llegando a lo alto de un juego con cuatro resbaladeras se sentó y frente a su osito comentó.

— No tuve de quien despedirme. ¿Te quedarías aquí como recuerdo de nuestra amistad?

El osito sin decir nada observo como aquella hermosa sonrisa desaparecía con un imponente manto negro sin estrellas de fondo.

caseta de vigilancia

Llamada de emergencia Taller Ojo Critico -Terror-

Esta es mi participación para el taller de “El Ojo Critico” en la categoría de terror, bajo los requerimientos de:

Intentar centrarnos en situaciones o momentos que causen pánico, no incluiremos fenómenos paranormales; a ser posible, tampoco horror.

Palabras: 1014

Tiempo de escritura: 43 minutos

#tallerojocriticoterror

Palabras del reto:

  • Tarde
  • Calma
  • Somnoliento
  • Espeluznante
  • Parchís
  • Lúgubre
  • Tiempo

Llamada de Emergencia

caseta de vigilancia
Imagen obtenida de: https://suarezepr68.wordpress.com/2019/01/21/camaras-en-la-caseta-parte-1-y-2/

En una noche tranquila de luna llena, el viento soplaba en calma a través de las ventanillas de la recepción. El aire acondicionado estaba roto pero no era necesario ya que el clima daba para trabajar sin él.

Somnoliento en la silla frente a tantas pantallas como cámaras formaran el sistema de circuito cerrado estaba el guardia de turno quien lamentaba no poder poner algo de música para entretener el ambiente, mientras movía al azar las piezas de un tablero de parchís que le habían regalado para entretenerse en el trabajo, pero que no sabía usar. Movía nerviosamente las piezas a pesar de casi no poderlas ver con la tenue luz grisácea de las pantallas a blanco y negro, inquieto al haberse roto luces y aparatos casi sin razón aparente lo que le dio al lugar un tono lúgubre que presagiaba una noche espeluznante y larga.

La tarde había transcurrido con normalidad según las palabras de su compañero del turno anterior. Las labores de mantenimiento estaban a punto de terminar y las instalaciones comenzaban a ser acogedoras después de años de abandono. Los turnos nocturnos nunca habían sido agradables pero desde que arreglaron la sección de vigilancia en la recepción, ya no le molestaba hacer su trabajo.

Las luces de los pasillos titilaban constantemente. Lo único que tenía que hacer era disuadir a los niños de incursiones aventureras y a los vándalos de sabotear la infraestructura. Los rumores de posesiones, espíritus y cosas sobrenaturales se disiparon al encontrar graves fallos en las instalaciones eléctricas que quemaban aparatos y desniveles que cerraban bruscamente las puertas. Con el mantenimiento cada cosa permanecía en su lugar, cada aparato funcionaba según estaba previsto, cada movimiento estaba controlado.

El silencio continuo reinando, las cámaras solo graban video así que dependía de sus oídos para saber cómo debía intervenir, pero el ambiente empezaba a hacer mella en su eficiencia y se notaba cuando saltó al oír un chillido que resultó ser una rata cayendo en una de las últimas trampas que se habían puesto para eliminar las plagas.

Eran las doce de la noche y quedaban menos horas para terminar su turno, el guardia empezaba a preguntarse si podía usar el teléfono para escuchar un sonido más alegre y al poner la bocina en su oído se dio cuenta de que la línea estaba muerta.

Las pantallas titilaron y el destello blanco rápidamente capto su atención. Algo se movió mientras estaba distraído pero logro darse cuenta mirando de reojo. El sonido de unos pasos y una respiración agitada lo turbaron y tomando la linterna de mano, se acercó al pasillo para comprobar una vez más que no había nada.

Regresando a su puesto pensó que ya había tenido suficiente de ese trabajo. Pero solo faltaba una noche para poder dejarlo. Esta noche y nada más.

Una vez más escucho el sonido de unos pasos, a más velocidad que los primeros y gimoteos desesperados ahogados en sollozos, esta vez en otra dirección.

Dejando de dudar quiso disipar sus pensamientos sobrenaturales que ya le oprimían el pecho para lo cual tomo su linterna y la porra eléctrica para confirmar si eran niños haciendo alguna prueba de valor o algo diferente.

Ya saliendo por la puerta, miró por última vez la pantalla esperando ver algo que le evite moverse en vano pero no hacinada, resignado se dispuso a salir cuando un destello le hizo volver a ver y en la pantalla cinco, vio que la puerta de la habitación veinticinco estaba abierta.

Ya harto de la opresión en el pecho que le estaba causando la tensión, volvió a disponerse a salir a investigar cuando el sonido del teléfono en recepción le hizo saltar el corazón.

Sabiendo que el teléfono estaba muerto, su valentía y confianza en que no habría nada sobrenatural se derrumbó al instante. Temblando se acercó despacio al teléfono, temiendo la ridícula idea de que algo fuera a saltar de ahí y ya teniéndolo en sus manos, lo levantó y escuchó casi rezando que no pudiera escuchar nada por la bocina.

Aparte del ruido normal de la interferencia, parecía poder escucharse débilmente el sonido de un corazón latiendo muy agitado y una pesada respiración. Aterrado ante esto pero aun con algo de cordura sobre sus hombros, preguntó

—Buenas noches, Hotel 171, ¿en qué puedo ayudarle?

Sin saber por qué, solo alcanzo a decir lo que le habían enseñado a responder cuando estaba en el turno matutino. Esperaba que los sonidos cesaran pero el palpitar parecía acelerarse mientras unos pasos se oían de fondo.

Una puerta se cerraba con cuidado al tiempo que otra se abría violentamente.

—¿Hola? Si esto es una broma, le pido que cuelgue. —Dijo con voz temblorosa mientras miraba la pantalla. Ahora hay dos puertas abiertas.

Por la bocina del teléfono se escuchaban sollozos cada vez más fuertes mientras que el sonido de palpitar se aceleraba y se hacía más audible

—A… Auxilio, por favor. ¡Que alguien me ayude! —Dijo una voz femenina al borde del llanto

—¿Quién es usted? ¿Dónde se encuentra?

—Auxilio, emergencias, ¡Van a matarme!

—Esto no es emergencias, es el hotel 171, llamare a emergencias, dígame donde se encuentra.

—No lo sé… escapé… Auxilio, vienen por mí.

El guardia estuvo a punto de colgar para llamar a emergencia cuando se dio cuenta de que eso sería abandonar a la chica y también que no hay línea de salida.

Armándose con la porra eléctrica se dispuso a salir cuando oyó por la bocina una puerta abriéndose bruscamente y a la chica comenzar a gritar.

Un escalofrío recorrió su espalda cuando se dio cuenta de que estos sonidos no solo provenían de la bocina y tomándola comenzó a gritar.

—¡Señorita! ¡Señorita! Respóndame, ¿dónde se encuentra? La ayuda va en camin…

Un disparo que retumbó en todo el hotel dejo todo en silencio. Soltando el teléfono cedió al temblor de sus piernas y miró por última vez la pantalla, viendo a un sujeto enmascarado mirándolo a través de las cámaras. La cámara número uno. La que apunta a la puerta de recepción. Entonces la puerta se abrió.

La guadaña Ray Brabury

La guadaña – Ray Bradbury

Desde hace algunos meses he estado curioseando a Ray Bradbury, y para mi sorpresa encontré este relato que me ha gustado mucho, lo apunto como uno de mis favoritos y publico para poder leerlo cuando lo necesite, Si alguien mas desea leerlo, puede leerlo desde aquí y compartirlo cuantas veces quiera.


La guadaña Ray Brabury
La guadaña Ray Brabury

De repente se acabó el camino. Recorría el valle como cualquier otro camino, entre laderas de tierra yerma y pedregosa y encinas, y después junto a un gran campo de trigo solo en aquel desierto.

Llegaba junto a la pequeña casa blanca que pertenecía al campo de trigo y allí desaparecía, como si ya no fuera necesario.

No importaba demasiado porque allí mismo se les había terminado la gasolina. Drew Erickson frenó el viejo cacharro y permaneció sentado allí, sin hablar, contemplándose las grandes y rugosas manos de granjero.

Molly dijo, sin moverse del rincón donde estaba, junto a él:

—Seguramente hemos tomado un desvío equivocado.

Drew asintió.

Los labios de Molly estaban casi tan blancos como su rostro, pero secos, mientras que su piel aparecía bañada de sudor. Su voz sonaba opaca, sin la menor expresión.

—Drew, ¿qué vamos a hacer ahora?

Drew se miró las manos. Manos de granjero a las que el viento, seco y hambriento, que nunca tenía bastante buena marga que comer, les había arrebatado la granja.

Los niños, que iban en el asiento de atrás, se despertaron y asomaron las cabezas por entre los bultos y mantas polvorientos, por encima del respaldo del asiento, y preguntaron:

—¿Por qué nos paramos, papá? ¿Vamos a comer ahora, papá? Papá, tenemos mucha hambre.

¿Podemos comer ahora, papá?

Drew cerró los ojos. Aborrecía la visión de sus manos.

Los dedos de Molly rozaron su muñeca con suavidad, dulcemente.

—Drew, quizá en esa casa nos podrían dar algo para comer.

Una arruga apareció junto a su boca.

—Mendigar —masculló—. Ninguno de nosotros ha mendigado nunca ni mendigará ahora.

La mano de Molly se cerró sobre su muñeca. Al volverse vio sus ojos y también los de Susie y del pequeño que le miraban. Poco a poco fue cediendo la rigidez de su cuello y de su espalda. Su rostro se puso blando e inexpresivo, informe, como una cosa que ha sido golpeada con dureza durante demasiado tiempo. Bajó del coche y emprendió el camino hacia la casa. Caminaba sin seguridad, como un hombre enfermo o medio ciego.

La puerta de la casa estaba abierta. Drew llamó tres veces. En el interior sólo había un silencio y una cortina blanca en la ventana moviéndose en el aire pesado, caliente.

Lo sabía antes de entrar. Sabía que la muerte estaba dentro de la casa. Era ese tipo de silencio.

Cruzó por un pequeño vestíbulo a un cuarto de estar limpio y no muy grande. No pensaba en nada. Estaba más allá de todo pensamiento. Iba en dirección a la cocina, sin preguntar, como un animal.

Entonces, al mirar por una puerta abierta, vio al muerto.

Era viejo y descansaba sobre una cama limpia y blanca. Llevaba poco tiempo muerto porque aún no había perdido esa última expresión tranquila, de paz. Debió saber que iba a morir porque vestía sus ropas de enterrar: un viejo traje negro, limpio y aseado, una camisa blanca y una corbata negra..En la pared, junto a su cama, se apoyaba una guadaña. Entre las manos del anciano había una espiga de trigo, todavía fresca. Una espiga madura, dorada y cargada de grano.

Drew entró en la habitación, de puntillas. Había cierto aire tranquilo en el muerto. Se quitó el sombrero viejo y polvoriento y se quedó junto a la cama, mirándole.

La hoja de papel, sin doblar, estaba sobre la almohada, al lado de la cabeza del anciano. Estaba allí para ser leído. Tal vez una petición para que se le enterrara, o de avisar a un pariente. Drew frunció el ceño mientras leía el texto, moviendo sus labios pálidos y resecos.
Al que se encuentre junto a mí en mi lecho de muerte: Estando sano de juicio y solo en el mundo, como he declarado, yo, John Buhr, doy y lego esta granja con todas sus pertenencias al hombre que llegue. Sea  cual sea su nombre o de donde proceda, no importa. La granja es suya, así como el trigo, la guadaña y la tarea que corresponda. Que lo acepte todo libremente, sin preguntas, y que tenga en cuenta que yo, John Buhr, soy sólo el que da, no el que manda. Y esto lo firmo y rubrico este día tercero de abril de 1938

(firmado) John Buhr. ¡Kirie eleisón!

Drew volvió sobre sus pasos a través de la casa y abrió la puerta de tela metálica.

—¡Ven, Molly! Que los niños se queden en el coche.

Molly entró en la casa y él la acompañó al dormitorio. Miró el testamento, la guadaña, y el campo de trigo sacudido por el viento caliente al otro lado de la ventana. Su pálida cara se tensó, se mordió los labios y se agarró a él.

—Es demasiado bueno para ser verdad. Debe haber algún truco.

—Nuestra suerte ha cambiado, simplemente —dijo Drew—. Tendremos trabajo, comida y un  techo sobre nuestras cabezas para guardarnos de la lluvia.

Tocó la guadaña. Brillaba como una media luna. En su hoja habían grabadas unas palabras:
«El que me empuña, empuña el mundo.»

En aquel momento, las palabras no significaron nada para él.

—Drew —preguntó Molly, mirando las manos cruzadas del viejo—, ¿por qué…, por qué aprieta tan fuerte la espiga entre sus dedos?

Justo en aquel momento se rompió el silencio al llegar los niños corriendo hacia el porche. A Molly se le cortó el aliento.

Se quedaron a vivir en la casa. Enterraron al viejo en una colina, pronunciaron unas palabras apropiadas, regresaron, barrieron la casa, descargaron el coche y comieron algo, porque había  comida en la cocina, montones de comida. Durante tres días no hicieron otra cosa que ordenar la casa, recorrer la tierra y dormir en buenas camas, y luego mirarse unos a otros sorprendidos porque todo hubiese ocurrido de aquel modo, y sus estómagos estaban llenos y había incluso un cigarro para
que él fumara por las noches.

Detrás de la casa descubrió un pequeño granero y en el granero un toro y dos vacas; y había un pozo cubierto y un manantial debajo de unos árboles que lo mantenían fresco. Y en la caseta del pozo habían grandes trozos de ternera, tocino, cerdo y cordero, como para alimentar una familia cinco veces mayor durante un año, dos años, o tal vez tres. Había una mantequera y una caja de quesos, y grandes recipientes de metal para la leche.

En la cuarta mañana, Drew Erickson descansaba en la cama mirando la guadaña y comprendió que ya era hora de ponerse a trabajar porque en el campo grande el grano ya estaba maduro; lo había visto con sus propios ojos y no quería haraganear. Tres días de no hacer nada eran suficientes para cualquier hombre. Se levantó al despuntar el alba y se llevó la guadaña, sosteniéndola delante de él mientras caminaba hacia el campo. La levantó en sus manos y la blandió..Era un campo de trigo muy grande. Demasiado para un solo hombre, pese a que un solo hombre lo había trabajado.

Al finalizar el primer día de trabajo, entró en la casa con la guadaña al hombro, en silencio, y  había una expresión perpleja en su rostro. Nunca había visto un campo de trigo como aquél. Maduraba en grupos separados, cada uno apartado de los otros. No se lo comentó a Molly ni tampoco le contó otras cosas sobre el campo, como por ejemplo que el trigo se pudría a las pocas horas de haberlo cortado. El trigo no solía hacerlo. No estaba demasiado preocupado. Después de todo, tenían comida a mano.

Al día siguiente, el trigo que había cortado y que se estaba pudriendo, había arraigado y crecía de nuevo en forma de pequeños brotes verdes, con pequeñas raíces, nacido de nuevo. Drew Erickson se frotó la barbilla, preguntándose cómo, qué y por qué se comportaba de ese modo, y qué beneficios podría reportarle pues así no podía venderlo. Un par de veces durante el día se dirigió hacia la colina donde estaba la tumba del viejo, sólo para asegurarse que el hombre seguía allí, quizá con la vaga esperanza que encontraría alguna idea sobre el campo. Miró hacia abajo y vio la cantidad de tierra que poseía. El trigo cubría unas tres millas en dirección a las montañas y tenía unos dos acres de anchura, en trozos de semillero, trozos de trigo maduro y trozos de trigo recién cortados por su mano. Pero el viejo no le comentó nada de esto; ahora su rostro estaba cubierto de tierra y piedras. La tumba estaba al sol, con viento y con silencio. Así que Drew Erickson volvió a bajar para utilizar su guadaña, curioso, disfrutando porque le parecía importante. No sabía bien por qué, pero lo era. Muy, muy importante.

No podía dejar el trigo sin tocar. Siempre había nuevos trozos maduros; y, hablando con nadie en particular, pero en voz alta, se dijo:

—Si voy segando el trigo en los diez próximos años, no creo que pase por el mismo sitio dos veces. Es condenadamente grande el campo. —Meneó la cabeza—. Y ese trigo madura así. Nunca demasiado a la vez para que pueda cortar lo maduro cada día. Así no queda sino grano verde. Y a la mañana siguiente, seguro, otro trozo maduro…

Era pura idiotez cortar el grano cuando se pudría tan pronto como caía. Al final de la semana decidió no hacer nada en unos días.

Se quedó en la cama, escuchando el silencio de la casa que no era nada parecido a un silencio de muerte, sino el silencio de cosas que vivían bien y felizmente.

Se levantó, se vistió, y desayunó despacio. No iba a trabajar. Salió a ordeñar las vacas. Se quedó en el porche fumando un cigarrillo, anduvo un poco por el patio de atrás, volvió a entrar y preguntó a

Molly qué había salido a hacer.

—Has salido a ordeñar las vacas.

—Oh, sí —dijo, y volvió a salir. Encontró a las vacas esperándole, llenas, y las ordeñó y puso la leche en los recipientes de metal en la caseta del pozo, pero pensando en otras cosas. El trigo. La guadaña.

Se pasó el resto de la mañana sentado en el porche liando cigarrillos. Hizo unos barcos de juguete para el pequeño Drew y para Susie, luego se fue a batir la leche para hacer mantequilla y separó el suero, pero el sol se le había metido en la cabeza y le dolía; en realidad le ardía. No tenía ganas de comer. Siguió contemplando el trigo que el viento doblaba, sacudía y volvía a levantar. Flexionó los brazos, los dedos, los apoyó en las rodillas cuando volvió a sentarse en el porche, hizo como si agarrara algo en el aire, le picaba todo. Las palmas de las manos le picaban y le ardían. Se puso en pie, se limpió las manos en los pantalones, volvió a sentarse, y trató de liar otro cigarrillo y se volvió loco con la picadura y las mezclas y lo tiró todo refunfuñando. Tenía una sensación como si le.hubiesen cortado un tercer brazo, o que había perdido algo de sí mismo. Algo que tenía que ver con sus manos y sus brazos.

Oyó el viento murmurando en el campo. A la una de la tarde no hacía otra cosa que entrar y salir de la casa, sin decidirse a hacer nada, pensando en cavar una zanja de riego, pero en realidad, pensando todo el tiempo en el trigo, en lo maduro y precioso que estaba y en como ansiaba ser cortado. ¡¡Maldita sea!

Entró en el dormitorio y descolgó la guadaña. La tenía en las manos. Se sintió fresco. Las manos  dejaron de picarle. La cabeza ya no le dolía. Había recuperado su tercer brazo. Volvía a estar intacto. era puro instinto. Tan ilógico como el rayo cayendo sin dañar. El grano debía cortarse cada día.

Tenía que cortarse. ¿Por qué? Pues porque sí, y basta. Se echó a reír mirando la guadaña en sus manazas. Después, silbando, la llevó al campo de trigo maduro y se puso manos a la obra. Se dijo que estaba un poco loco. Pero bueno, en realidad era un campo de trigo de lo más corriente… O casi.

Los días fueron pasando como caballos mansos.

Drew Erickson empezó a considerar su trabajo como una especie de dolor seco, de hambre y necesidad. En su cabeza se iban amontonando las cosas.

Un mediodía, Susie y el pequeño Drew reían y jugaban con la guadaña mientras su padre comía en la cocina. Les oyó. Salió y se la quitó de las manos. No les gritó. Sólo pareció muy preocupado y después de aquel día guardaba la guadaña cuando no la utilizaba.

Ni un sólo día dejó de segar.

Arriba. Abajo. Arriba. Abajo y a través. Otra vez arriba, abajo y a través. Segando. Arriba. Abajo.

Arriba.

Piensa en el viejo y en el trigo que tenía en las manos cuando murió.

Abajo.

Piensa en esta tierra muerta, con trigo viviente en ella.

Arriba.

Piensa en el extraño dibujo de trigos verdes y maduros, en el modo como crece.

Abajo.

Piensa…

El trigo se agitaba como una marea amarilla junto a sus tobillos. Drew Erickson dejó caer la guadaña y se inclinó para sujetarse el estómago, con los ojos nublados. El mundo le daba vueltas.

—¡He matado a alguien! —jadeó, ahogándose, sujetándose el pecho, cayendo de rodillas junto a las espigas—. He matado a muchos…

El cielo giró como un tiovivo en la feria de Kansas. Pero sin música. Sólo un zumbido en sus oídos.

Molly estaba sentada ante la mesa azul de la cocina pelando patatas cuando entró dando traspiés, arrastrando la guadaña tras él.

—¡Molly!

La vio nadar en el agua de sus ojos. Pero estaba allí, sentada, con las manos abiertas, esperando a que él se desahogara.

—¡Recógelo todo! —le dijo mirando al suelo.

—¿Por qué?

—Porque nos vamos —dijo con voz apagada.

—¿Nos vamos?.—Es el viejo. ¿Sabes lo que hacía aquí? Es el trigo, Molly, y esta guadaña. Cada vez que se utiliza la guadaña en el trigal, muere un millar de personas. Les siegas y…

Molly se levantó, dejó el cuchillo y las patatas a un lado, y le dijo, comprensiva:

—Viajamos durante mucho tiempo y casi no comimos hasta que llegamos aquí, hace un mes, y tú no has dejado de trabajar todos los días y estás cansado…

—Oigo voces, voces tristes, ahí fuera. En el trigo —insistió—. Diciéndome que pare.

¡Pidiéndome que no les mate!

—¡Drew!

No la oía.

—El campo crece mal, salvaje, como desatinado. No te lo había dicho. Pero es malo.

Molly se le quedó mirando. Sus ojos eran como vidrios azules, sin expresión.

—Crees que estoy loco, pero espera a que te lo cuente todo. Oh, Molly, ayúdame. ¡Acabo de matar a mi madre!

—¡Basta! —le dijo ella con firmeza.

—Corté un tallo de trigo y la maté. La sentí morirse. Así es como descubrí ahora mismo lo…

—¡Drew! —Su voz fue como un latigazo en su rostro, ahora asustada y furiosa—. ¡Cállate!

—Oh, Molly… —murmuró.

La guadaña cayó de sus manos al suelo, ruidosamente. Ella la recogió en un arranque de rabia y la apoyó en un rincón.

—Llevo diez años contigo. A veces no teníamos otra cosa que oraciones y polvo que llevarnos a la boca. Ahora, de pronto nos viene esta suerte y no puedes o no sabes soportarla. Fue a buscar la Biblia al cuarto de estar.

Pasó rápidamente las páginas. Parecía el rumor del trigo movido por un viento suave.

—¡Siéntate y escucha! —le ordenó.

Les llegaron ruidos desde el exterior soleado. Los niños reían a la sombra de la gran encina, junto a la casa.Leyó en la Biblia, alzando la vista de vez en cuando para ver los cambios en el rostro de Drew.

Desde entonces leyó algo de la Biblia todos los días. El miércoles siguiente, una semana después, cuando Drew se acercó caminando al pueblo, distante, para ver si había correspondencia, encontró una carta para ellos en la oficina de correos.

Cuando llegó a la casa parecía haber envejecido cien años.

Tendió la carta a Molly y le contó lo que decía con voz helada e insegura.

—Mi madre murió; el martes a la una de la tarde… Su corazón…

Todo lo que supo decir Drew Erickson fue:

—Mete a los niños en el coche. Cárgalo de comida. Nos vamos a California.

—Drew —dijo su mujer, con la carta en la mano.

—Tú también lo sabes, es tierra pobre para el trigo. Pero fíjate cómo crece y madura. Y no te lo he dicho todo. Madura a trozos, un poco cada día. No es normal. Y cuando lo corto…, se pudre. Y a la mañana siguiente ha rebrotado sin mi ayuda, y vuelve a crecer… El martes pasado, hace una semana, cuando lo corté, era como si cortara mi propia carne. Oí que alguien gritaba. Era como si…, y ahora, hoy, esta carta.

»Molly.

—Nos quedaremos aquí, donde es seguro que comeremos, dormiremos y tendremos una vida larga y llevadera. ¡No quiero que mis hijos vuelvan a pasar hambre, nunca más!

Por las ventanas se veía el cielo azul. El sol, inclinado, daba en mitad de la cara tranquila de

Molly, haciéndole brillar uno de sus ojos azules. Cuatro o cinco gotas de agua colgaban y caían.lentamente del grifo de la cocina, brillando, antes que él mirara. Tenía una expresión resignada y cansada. Movió la cabeza, apartando la mirada.

—De acuerdo —dijo—. Nos quedaremos.

—¡Nos quedamos! —dijo Molly.

Recogió la guadaña, abrumado. Las palabras grabadas en el metal aparecieron deslumbrantes.

«¡El que me empuña, empuña el mundo!»

—Nos quedamos.

A la mañana siguiente se dirigió a la tumba del viejo. Había un solo brote de trigo, fresco, en el centro. El mismo brote, crecido, que el viejo había sostenido en las manos varias semanas atrás.

Habló con el viejo sin obtener respuestas.

—Trabajaste en el campo toda tu vida porque tenías que hacerlo, y un día te encontraste con tu propia vida creciendo allí. Supiste que era tu vida. La segaste. Y viniste a casa, te vestiste para la tumba, tu corazón falló y falleciste. Así fue como ocurrió, ¿no es verdad? Y me cediste la tierra, y cuando yo muera, imagino que deberé cederla a otro.

La voz de Drew reflejaba espanto.

—¿Cuánto tiempo hace que ocurre esto? ¿Nadie está enterado de este campo y de su utilización excepto el hombre de la guadaña…?

De repente se sintió muy viejo. El valle parecía antiguo, momificado, secreto, seco, torcido y poderoso. Cuando los indios bailaban en el prado, el campo ya estaba ahí. El mismo cielo, el mismo viento, el mismo trigo. ¿Y antes de los indios? Algún Cro-Magnon musculoso y despeinado, empuñando una tosca guadaña de madera, quizás, y trabajando con torpeza a través del trigo viviente…

Drew volvió al trabajo. Arriba, abajo. Arriba, abajo. Obsesionado con la idea de ser el que empuñaba la guadaña. Precisamente él. Se dio cuenta en un arranque de fuerza y de horror.

¡Arriba! «¡El que me empuña!» ¡Abajo! «¡Empuña el mundo!»

No tenía más remedio que aceptar el trabajo con cierta filosofía. Era simplemente el medio de tener casa y alimentos para su familia. Tenían derecho a comer y vivir decentemente, pensó, después de todos esos años.

Arriba y abajo. Cada grano era una vida que cortaba limpiamente por la mitad. Si lo planeaba cuidadosamente —miró el trigo¾ él, Molly y los niños podían vivir eternamente.

Cuando descubriera el lugar donde crecía el trigo que era Molly y Susie y el pequeño Drew, nunca lo cortaría.

Y de pronto, como un aviso, lo tuvo allí sin ruido.

Allí mismo, delante de él.

Otra pasada de la guadaña y los segaba a todos.

Molly, Drew, Susie. Era seguro. Temblando, se arrodilló y miró los pocos granos de trigo. Al tocarlos, brillaron.

¿Y si los hubiera cortado sin darse cuenta? Se puso en pie, recogió la guadaña y se apartó del trigo, pero se quedó un buen rato contemplándolo.

A Molly le pareció muy raro que llegara a casa tan pronto y que la besara en la mejilla, sin ninguna razón.

A la hora de la cena, Molly comentó:.—Hoy has terminado pronto. ¿Es…, es que el trigo sigue pudriéndose cuando cae?

Asintió, y se sirvió más carne. Ella sugirió:

—Deberías escribir a los de Agricultura y decirles que vengan a verlo.

—No.

—Era sólo una sugerencia.

—Tengo que quedarme aquí toda mi vida. —Se le dilataron los ojos—. No puedo dejar que vengan y me echen a perder el trigo; no sabrían dónde segar y dónde no. Podrían segar en la parte que no conviene.

—¿Qué quieres decir?

—Nada —respondió, sin dejar de masticar—. Nada, olvídalo.

De pronto soltó el tenedor y dijo:

—¡Quién sabe lo que querría hacer esa gente del gobierno! Incluso podrían…, incluso podrían querer arar todo el campo.

—Eso es precisamente lo que hace falta —asintió Molly—. Y empezar de nuevo, con semilla nueva.

Drew no pudo terminar de comer. Protestó:

—No voy a escribir a ningún gobierno, ni voy a entregar este campo a ningún forastero para que lo are. ¡Y basta! exclamó, y salió dando un portazo.

Recorrió el lugar donde las vidas de su mujer y de sus hijos crecían al sol, y utilizó su guadaña al otro extremo del campo, donde sabía que no podía cometer ningún error. Pero ya no le gustaba su trabajo. Al cabo de una hora sabía que había traído la muerte a tres de sus antiguos y queridos amigos de Missouri. Leyó sus nombres en el trigo cortado y no pudo seguir.

Metió la guadaña en la bodega y guardó la llave. Había acabado con la siega de una vez por todas. Por la noche fumó su pipa en el porche y contó cuentos a los niños para oírles reír. Pero no rieron mucho. Parecían retraídos, cansados, extraños, como si ya no fueran sus hijos. Molly se quejó de dolor de cabeza, estuvo haciendo cosas por la casa con poco ánimo, se acostó temprano y se sumió en un sueño profundo. También eso era raro. Molly siempre se quedaba hasta muy tarde y siempre llena de vida.

El campo de trigo ondulaba bajo la luz de la luna, y parecía un mar.

Necesitaba que lo segaran. Ciertas partes necesitaban ser cortadas ahora. Drew Erickson permaneció sentado, tragando saliva en silencio, esforzándose por no mirar. ¿Qué ocurriría en el mundo si no volvía a ir más al campo? ¿Qué pasaría con la gente a punto de morir y que esperaba la llegada de la guadaña?

Esperaría y vería.

Molly respiraba dulcemente cuando él fue a apagar la lámpara de petróleo y se metió en la cama. No podía dormir. Oía el viento en el trigo, sentía deseos de emprender el trabajo con sus manos y sus dedos.

A media noche se encontró caminando en el campo, con la guadaña en las manos. Caminando como un loco, caminando asustado, medio despierto. No recordaba haber abierto la puerta de la bodega ni sacado la guadaña, pero allí estaba, caminando entre el grano a la luz de la luna.

Entre estos granos había muchos que eran viejos, estaban cansados y tenían grandes deseos de dormir. El interminable y silencioso sueño sin luna..La guadaña le aprisionaba, se agarraba a sus palmas, le obligaba a caminar.

Sin saber cómo, debatiéndose, se liberó. La echó al suelo, salió corriendo entre el trigo, se detuvo en medio y cayó de rodillas.

—No quiero matar a nadie más —gimió—. Si trabajo con la guadaña mataré a Molly y a los niños. ¡No me pidas esto!

Las estrellas siguieron sentadas en el cielo, brillando. Detrás de él oyó un ruido sordo, como un golpe.

Algo se elevó por encima de la colina hacia el cielo. Era como una cosa viva, con brazos de color rojo, lamiendo las estrellas. Sobre su cara cayeron unas pavesas. Un olor espeso, el olor caliente, a fuego, vino con ellas.

¡La casa!

Con un grito, se levantó pesadamente, desesperadamente, mirando la gran hoguera. La pequeña casa blanca, con sus encinas, se retorcía rugiendo en el estallido de fuego. El calor se arrastró colina arriba y él se encontró en medio. Cayó dando tumbos y lo dejó pasar sobre su cabeza.

Cuando llegó al pie de la colina no quedaba ya ni un madero, ni una cerradura ni un umbral que no estuviera envuelto en llamas. Hacía un ruido crujiente, como si estallara, como si se derrumbara.

Nadie gritaba dentro. Nadie salía corriendo, ni gritando.

—¡Molly! ¡Susie! ¡Drew! —gritó desde el patio.

No obtuvo respuesta. Entró corriendo hasta que sus cejas se quemaron y su piel se arrugó como papel ardiendo, encogiéndose, enroscándose en pequeños rizos.

—¡Molly! ¡Susie!

El fuego iba asentándose satisfecho. Drew corrió alrededor de la casa una docena de veces, completamente solo, buscando el modo de entrar. Luego se sentó donde el fuego iba asando su cuerpo y esperó a que todas las paredes se desplomaran, hasta que los últimos techos se combaran, cubriendo los suelos de yeso fundido y listones chamuscados. Allí estuvo hasta que las llamas murieron, el humo dejó de subir y llegó despacio el nuevo día; y no quedaba nada salvo rescoldos y ceniza, y un hedor ácido.

Sin tener en cuenta el calor que salía de las ruinas, Drew se metió dentro. Era aún muy oscuro para poder ver mucho. Un resplandor rojo se reflejaba en su cuello sudoroso. Estaba como un forastero en una tierra nueva y diferente. Aquí…, era la cocina. Sillas quemadas, la mesa, la cocina de hierro, los armarios. Aquí…, el vestíbulo. Ahí el salón y al otro lado la alcoba donde…

Donde Molly seguía viva.

Dormía entre vigas caídas y trozos retorcidos de alambre y metal. Dormía como si nada hubiera ocurrido. Sus manos pequeñas y blancas estaban a sus costados cubiertos de pavesas. Su rostro tranquilo reposaba con un listón ardiendo sobre una mejilla.

Drew se detuvo, incrédulo. Entre las ruinas de su dormitorio humeante yacía sobre un lecho de pavesas, con su piel intacta, con su pecho subiendo y bajando, respirando.

—¡Molly!

Viva y durmiendo después del fuego, después que las paredes se habían desplomado rugiendo, después que los techos le habían caído encima y las llamas se habían alzado a su alrededor. Sus zapatos desprendían humo después de haberse abierto paso entre montones de restos ardientes. Si se le hubieran quemado los pies y se les hubieran separado de los tobillos, no se habría dado cuenta.

—¡Molly!

Se inclinó sobre ella. Ni se movió, ni le oyó ni dijo nada. No estaba muerta. No estaba viva. Sólo yacía allí, rodeada de fuego que no la tocaba, ni la lastimaba en modo alguno. Su camisón de.algodón estaba manchado de cenizas, pero no quemado. Su pelo oscuro se apoyaba en un montón de brasas al rojo.

Le tocó la mejilla y estaba fresca, fresca en medio del infierno. Pequeños suspiros temblaron en sus labios entreabiertos, medio sonrientes.

Los niños también estaban bien. Detrás de una cortina de humo descubrió dos pequeñas figuras acurrucadas sobre el rescoldo, durmiendo.

Llevó a los tres al borde del campo de trigo.

—¡Molly, Molly, despierta! ¡Niños, niños, despierten!

Respiraban pero no se movieron, y siguieron durmiendo.

—¡Niños, despierten! Su madre está…

¿Muerta? No, muerta no. Pero…

Sacudió a los niños como si fueran los culpables. Pero como si nada; estaban sumidos en sus sueños. Volvió a dejarlos en el suelo y se quedó de pie, mirándolos, con su rostro surcado de arrugas.

Sabía por qué habían dormido durante el incendio y continuaban durmiendo ahora. Sabía por qué

Molly yacía allí, sin querer volver a reír.

El poder de la guadaña y del trigo.

Sus vidas debían haber terminado ayer, 30 de mayo de 1938, pero se habían prolongado simplemente porque él se negó a segar el trigo. Debían haber muerto en el fuego. Así era como debió haber sido. Pero como él no había utilizado la guadaña, nada podía herirles. Una casa había ardido y se les había caído encima y todavía estaban vivos, sorprendidos a mitad de camino, ni muertos ni vivos. Simplemente…, esperando. Y por todo el mundo millares como ellos, víctimas de accidentes,
fuegos, enfermedades, suicidios, esperaban, dormidos, como Molly y los niños. No podían vivir. Y todo porque un hombre tenía miedo de cosechar el grano maduro. Todo porque un hombre pensaba que podía dejar de trabajar con la guadaña y que nunca volvería a trabajar con ella.

Está bien, se dijo. Está bien. Volveré a usarla.

No se despidió de su familia. Se volvió con una ira latente, contenida. Encontró la guadaña.

Caminó rápidamente y después comenzó a trotar, luego a correr a largas zancadas hasta el centro del campo, delirando, sintiendo el ansia en sus brazos a medida que el trigo azotaba sus piernas. Lo cruzó gritando y de pronto se paró.

—¡Molly! —gritó, y levantó la guadaña y la bajó.

—¡Susie! —exclamó después—. ¡Drew! —y volvió a manejar la guadaña.

Alguien gritó. No se volvió a mirar la casa destruida por el fuego.

Y entonces, sollozando desesperadamente, avanzó de nuevo por el trigo y segó de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. ¡Una, y otra, y otra vez! Fue dejando enormes cicatrices en el trigo verde, y en el trigo maduro, sin seleccionar, sin importarle, maldiciendo una y otra vez, jurando, riendo, con la hoja reluciendo a la luz del sol y cayendo bajo el sol con un zumbido cantarín. ¡Abajo!

Las bombas destruyeron Londres, Moscú y Tokio.

La hoja siguió segando enloquecida.

Y los hornos de Belsen y de Buchenwald ardieron.

La hoja iba despidiendo sangre roja.

Y los hongos vomitaron soles cegadores en White Sands, Hiroshima, Bikini y más arriba, a través de los cielos continentales de Siberia.

El grano lloraba como una lluvia verde, cayendo.

Corea, Indochina, Egipto, la India temblaron; Asia se estremeció, África despertó en la noche….Y la guadaña siguió segando, chocando, cortando con la furia y la rabia de un hombre que había perdido tanto, tanto, que ya no le importaba lo que le estaba haciendo al mundo.

A pocas millas de la carretera principal, por un camino de tierra que no conduce a ninguna parte, sólo a unas pocas millas de la carretera abarrotada de tráfico en dirección a California.

Muy de vez en cuando, a lo largo de muchos años, un coche viejo se sale de la carretera, se detiene humeante delante de la ruina quemada de una casa blanca al final del camino de tierra, para pedir información al granjero que ven más allá, uno que trabaja como un loco, como una fiera, de día y de noche, sin parar nunca, en los interminables campos de trigo.

Pero no consiguen ayuda ni respuesta. El granjero está demasiado ocupado en el campo, incluso después de tantos años; demasiado ocupado segando el trigo verde en lugar del maduro.

Y Drew Erickson sigue con su guadaña, a la luz de un sol ciego y una mirada de fuego en sus ojos que nunca duermen, segando, segando, segando…

La madre del monstruo

La madre del monstruo – Máximo Gorki

Este relato de Máximo Gorki me llego el 23 de agosto del 2014, ya hace mucho tiempo por parte de ciudad seva servicio al cual me encuentro suscrito y debido a lo que me gusta y a que no pocas veces se me ha perdido, adjunto aquí con su respectivo enlace. espero lo disfruten tanto como yo al leer.

Desafortunadamente no he leído nada mas de este autor así que no podría decir que es mi favorito, pero ya con este relato se ha ganado mi atención.


La madre del monstruo
La madre del monstruo

Día tórrido. Silencio. La vida está como cristalizada en un luminoso remanso. El cielo contempla a la tierra con mirada límpida y azul por la pupila resplandeciente del sol.

El mar se diría forjado en metal liso y azuloso. En su inmovilidad, las barcas policromas de los pescadores parecen soldadas al hemiciclo tan esplendoroso como el cielo… Moviendo apenas las alas, pasa una gaviota, y en el agua palpita otra más blanca y más bella que la que hiende al aire.

El horizonte aparece confuso. Entre la bruma, se vislumbra un islote violáceo, del que no se sabe si flota dulcemente o si se derrite bajo el calor. Es una roca solitaria en medio del mar, espléndida gema del collar que forma la bahía de Nápoles.

El pétreo islote, erizado de cresta y aristas, va descendiendo hasta el agua. Su aspecto es imponente, y tiene la cima coronada por la marca verdeoscura de un viñedo, de los naranjos, de los limoneros y de las higueras, y por las menudas hojas de color de plata oxidada de los olivos. Entre este torrente de verdor que se desborda hacia el mar sonríen unas flores blancas, áureas y rojas, y los frutos anaranjados y amarillos hacen pensar en las noches sin luna y de firmamento sombrío.

El silencio reina en el cielo, en el mar y en el alma.

Entre los jardines serpentea un angosto sendero, por el que una mujer se dirige hacia la orilla. Es alta. Su vestido negro y remendado está descolorido por el uso. Su pelo brillante forma como una diadema de ricitos sobre la frente y las sienes, y es tan encrespado que no es posible alisarlo. De su rostro enjuto impresiona la mezcla de rudeza y austeridad. Hay en estas facciones algo profundamente arcaico; al tropezar con la mirada fija y sombría de sus ojos, se piensa sin querer en los ardientes orientales, en Débora y en Judit.

Anda con la cabeza agachada, haciendo calceta; el acero de las agujas brilla entre sus dedos. El ovillo de lana está oculto en una de sus faltriqueras, pero se diría que el hilo rojo sale de su pecho. El camino es sinuoso y los pedruscos crujen y resbalan a su paso. Sin embargo, la vieja sigue bajando con la misma seguridad que si sus pies viesen el sendero.

He aquí la historia de esta mujer.

Poco después de su matrimonio con un pescador, su marido salió un día a la faena y no regresó. La mujer estaba grávida.

Apenas nació el niño, ella procuró mantenerlo siempre oculto de la gente. Nunca la vieron con él en la calle, al sol, para glorificarse con su hijo, como suelen hacer todas las madres; antes al contrario, lo tenía envuelto en harapos, en un rincón de su choza.

Durante mucho tiempo ningún vecino pudo ver del niño más que la cabezota y los inmensos ojos inmóviles en la cara amarillenta. Advirtieron asimismo que la madre, que antaño había luchado a brazo partido contra la miseria, llena de alegría, infatigablemente, que sabía comunicar valor a los demás, se mostraba ahora taciturna y parecía estar siempre meditando, con el ceño fruncido, como si contemplase el mundo a través de un velo de dolor, con mirada extraña e interrogadora.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo sin que todos se enterasen de su desgracia. El niño había nacido contrahecho, y esa era la causa de la pesadumbre de la madre y el motivo de que lo ocultase de la gente.

Entonces los vecinos, condolidos, le dijeron que comprendían el dolor de una madre que da a luz a un hijo anormal, pero que nadie, salvo la Madona, sabía si aquella prueba era un castigo, y que el niño, de todos modos, no debía ser privado de la luz del sol.

Ella prestaba oídos a la gente y les mostraba a su hijo. Tenía éste unas piernas y unos bracitos en extremo cortos, como aletas de pez; la cabeza, hinchada como una bola, se sostenía a duras penas sobre el cuello delgaducho y endeble; el rostro estaba todo surcado de arrugas; tenía los ojos turbios y la boca hendida por una sonrisa inexpresiva.

Al mirarlo, las mujeres lloraban y los hombre se retiraban mohínos, con una mueca de desdén. La madre del monstruo se sentaba en el suelo, y ora bajaba la cabeza, ora la levantaba y miraba a todos, como preguntando algo que nadie podía comprender.

Los vecinos construyeron para el engendro una caja semejante a un ataúd; lo llenaron de vellones de lana, colocaron en ella al pequeño monstruo y los pusieron en un rincón del patio. Tenían la esperanza de que el sol, hacedor de milagros, haría uno más.

Pero fue transcurriendo el tiempo y el monstruo seguía siéndolo: una cabezota enorme, un largo tronco y unos atrofiados muñones. Únicamente su sonrisa iba adquiriendo una expresión más y más definida de insaciable glotonería. En la boca surgieron dos hileras de agudos dientes, y los cortos y deformes brazos se adiestraron en coger los trozos de pan y llevarlos, sin equivocarse nunca, a la ávida bocaza.

Era mudo, pero cuando alguien comía cerca o cuando olía alimento, abría el hocico y empezaba a dar unos mugidos roncos y a menear como un loco la cabezota, mientras el blanco mate de los ojos se le cubría de venillas sanguinolentas.

Comía mucho, cada día más; su mugido se hizo persistente. La madre trabajaba sin cesar, pero su ganancia era exigua y a veces nula. No se quejaba de su suerte, y si aceptaba alguna ayuda, era de mala gana y sin despegar los labios. Cuando estaba fuera, los vecinos, cansados del constante mugir del monstruo, corrían a meterle en la boca mendrugos, frutas, legumbres y cuanto comestible tenían a mano.

-¡Te va a comer viva! -decían a la madre-. ¿Por qué no lo llevas a un asilo?

-No quiero oír hablar de eso -contestaba la pobre mujer-. Soy su madre. Yo lo traje al mundo y yo he de ganar el sustento para él.

Como aún era hermosa, más de uno quiso hacerse amar por la desdichada, pero no obtuvo el menor éxito. A uno, precisamente a aquel hacia quien se sentía más inclinada, le dijo un día:

-No puedo ser tu esposa. Tengo miedo de engendrar otro monstruo. Tú mismo te avergonzarías. ¡No, vete!

El hombre insistió, recordándole que la Madona hacía justicia a las madres y las consideraba como hermanas suyas. Pero ella exclamó:

-¡Ay! No sé de qué puedo ser culpable, pero se me castiga con crueldad.

El pretendiente suplicó, lloró, se enfureció; pero la mujer no cedió.

-Me da miedo -decía-. He perdido la fe en mi destino…

El hombre se marchó muy lejos, y no regresó nunca.

Durante muchos años, la pobre madre estuvo llenando aquella boca sin fondo que engullía sin cesar. El monstruo comía todo el fruto del trabajo materno, la sangre, la vida de la desgraciada mujer. La cabeza, cada vez más desarrollada, era horrible. Semejaba un globo a punto de desprenderse del atrofiado cuello para elevarse por el aire, tras haber topado contra las esquinas de las casas.

Todos los que pasaban por la calle y miraban hacia el patio, se detenían estupefactos, estremecidos, sin atinar a comprender qué era aquello. La caja estaba adosada a un muro por el que se enredaba una parra, y de su interior surgía la cabeza del monstruo.

El amarillento rostro estaba surcado de arrugas; los pómulos eran salientes; los ojos mates, desencajados, casi salían de las órbitas.

Aquella horrenda imagen se quedaba fija largo tiempo en la memoria. La gran nariz, achatada, vibraba y se estremecía; los labios, al moverse, dejaban al descubierto unos dientes carniceros, y a cada lado del globo surgían dos desmesuradas orejas que parecían tener vida propia e independiente… Aquel horripilante mascarón estaba rematado por un manojo de pelos negros y rizados como los de un africano.

Casi siempre se le veía con un pedazo de cualquier cosa comestible en la mano diminuta y breve como la patita de una lagartija.

Entonces inclinaba la cabeza y mascaba con gran ruido, sorbiéndose los mocos, y los ojos se le movían hasta fundirse en una mancha turbia y sin fondo sobre la pálida faz, cuyas contracciones semejaban las de la agonía. Cuando tenía hambre, alargaba el cuello y abría la boca enrojecida, de la que salía una delgada lengua de víbora para mugir con acento imperativo.

La gente se marchaba santiguándose y musitando una oración.

Aquello les recordaba todos los dolores y desgracias que les había deparado la vida.

Un herrero, hombre viejo y de carácter melancólico, repetía a menudo:

-Cuando veo esa bocaza que se lo traga todo, se me ocurre que mi fuerza ha sido también devorada por algo, no sé qué, pero que se le parece mucho. Y pienso que todos nosotros vivimos y morimos para mantener parásitos.

Aquella cara enmudecida suscitaba en todas las conciencias ideas tristes y sentimientos de espanto.

La madre escuchaba los comentarios de sus vecinos sin despegar los labios. Sus cabellos encanecieron prematuramente y las arrugas se fueron extendiendo por su rostro. Hacía ya tiempo que había perdido el hábito de reír. No ignoraban los vecinos que la infeliz se pasaba las noches enteras a la puerta de su casa mirando al cielo, como si esperase que de allí pudiera llegar el socorro. Y se decían unos a otros, encogiéndose de hombros:

-¿Qué debe estar esperando?

Terminaron por aconsejarle:

-¡Llévalo a la plaza, junto a la iglesia! Por allí pasan los extranjeros y le echarán limosna.

-Sería horrible que lo vieran los extranjeros -contestó la madre, horrorizada-. ¿Qué pensarían de nosotros?

-La desgracia existe en todos los países -le contestaron-, cosa que nadie ignora.

La madre negó con un movimiento de cabeza.

Cierto día, ocurrió que unos extranjeros visitaban el pueblo y lo husmeaban todo, entraron en el patio y se fijaron en el monstruo, que estaba metido en su caja. La madre fue testigo de sus gestos de repugnancia y comprendió que hablaban con repulsión de su hijo. Pero lo que más la sorprendió fueron ciertas palabras pronunciadas con acento de desprecio y animosidad y, también, de triunfo.

La desgraciada mujer conservó en la memoria el sonido de aquellas palabras extranjeras, que repetía insistentemente y en las que su corazón de italiana y de madre adivinaba un significado insultante. Aquel mismo día fue a casa de un adivino conocido suyo y le preguntó qué significaban las palabras que había oído.

-Convendría saber quién las ha pronunciado -contestó el hombre, frunciendo el ceño-. Pues significan: “Italia muere antes que las demás naciones italianas”. ¿Quién forja semejantes mentiras?

La pobre mujer se marchó silenciosa.

Al día siguiente, a consecuencia de un hartazgo, su hijo murió entre convulsiones.

La madre se sentó en el patio, junto a la caja, con las manos cruzadas sobre aquella cabeza inerte. Permanecía quieta, inmóvil, y parecía más que nunca esperar algo. Fijaba la mirada interrogante en cada uno de los que desfilaban ante el cadáver.

Todos guardaron silencio. Nadie le preguntó nada, aunque muchos se sentían inclinados a felicitarla por haberse liberado de aquella esclavitud, o tal vez hubieran deseado consolarla por haber perdido al que, después de todo, era su hijo. Pero nadie despegó los labios. Hay momentos en que todos comprenden que ciertas cosas no pueden expresarse sin que parezcan reticencias.

Mucho tiempo después de la muerte del monstruo, la madre seguía mirando a la gente a la cara, como si preguntase no se sabe qué. Pero luego, poco a poco, pareció ir olvidándolo todo…

 

I Concurso de microrrelatos sobre el atardecer #MicroAtardeceres

I Concurso de microrrelatos sobre el atardecer #MicroAtardeceres

Mi relato ha sido seleccionado para participar en la antología del I Concurso de microrrelatos sobre el atardecer #MicroAtardeceres según las reglas adjuntas

1.- Temática: Atardecer.  Se debe nombrar esta palabra, un derivado o hacer referencia a ello.

3.- Formato: Las obras tendrán una extensión máxima de 5 líneas (sin contar el título), escritas en castellano, en letra Arial tamaño 12 (formato Word). Únicamente se admitirá una obra por participante. AVISO: LAS LÍNEAS DE WORD NO COINCIDEN CON LAS DEL FORMULARIO, NOS BASAREMOS EN LA EXTENSIÓN ANTERIORMENTE MENCIONADA (Word). NO DEBE ADJUNTAR NINGÚN ARCHIVO, SIMPLEMENTE COPIAR EL TEXTO Y PEGARLO EN EL FORMULARIO. Le rogamos que a la hora de rellenar el formulario con sus datos lo haga ortográficamente bien, es decir, que los nombres de los participantes comiencen en mayúscula, lleven los signos de acentuación oportunos y estén escritos de manera correcta.

El resto de reglamentos quedan citados en el siguiente link

http://www.diversidadliteraria.com/info-concursos/concursos-microrrelatos/concurso-de-microrrelatos-microatardeceres/

Adjunto mi aporte


Atardecer Lluvioso

El cielo del atardecer estaba cubierto de nubes negras cual ojeras sofocadas por el hartazgo de las lágrimas. Entonces comenzó a llover. El agua, abundante, se estrellaba con violencia contra la amargura del rígido suelo, contra la protección de la ácida terraza, contra el calor de un asfixiante día. Y el llanto de las nubes terminó cuando las ojeras del cielo se disiparon y todo aquello que estuvo en la superficie se arrastró hasta el mar.

Al Borde del Precipicio

Bueno, este es un poema, tipo antipoesía para el taller de el ojo critico iniciado por el usuario Lectura de Retrete según las siguientes características:

Hola buenos días. Iniciamos este martes con un pequeño reto. Escribir antipoesía.
Escribiremos del amor y la amistad pero buscaremos ese amor y esa amistad de manera distinta,desde otro punto, ese punto real.
Buscaremos tocar las cosas que nos molestado y las endulzaremos con la alegría que nos dan las molestias.

Mi participación es la siguiente

Palabras: 85

Versos: 4


El error, mi error
El silencio del gran hablador
Aquellas palabras que desbordaban
hoy son carcomidas por un roedor.

El error, mi error.
El fuego del inútil oidor.
la cera en los oídos de quien una vez juró
y como siempre, no cumplió.

Desesperación, tu desesperación.
Mi silencio y falta de audición.
Tu silencio y nuestra decepción
Nuestra paz al sentarnos para ver morir al sol.

Hedor, putrefacción.
Algo se pudre en nuestro interior
Ninguno espera sacar la basura.
Nos conformamos con observar nuestro error.

Hombre aburrido en un sillón

Relato corto: Las Cadenas del Rey

Este relato es un intento de representar el tedio de los compromisos sociales. Es un experimento que me propusieron en el grupo y he aderezado con un poco de mi sentir. Me parece que el resultado es muy interesante.

Palabras: 348


Las Cadenas del Rey

Hombre aburrido en un sillón
Hombre aburrido en un sillón

 ¡No! ¡Simplemente no!

¿Qué hay de malo en acurrucarme en mis dominios?

Basta un día para que lleguen las visitas y sé que será un fastidio. Una señora, un señor, dos niños, dos niñas, dos jóvenes, dos jovencitas. Cuantos lleguen será un fastidio.

Que si el señor se aburre y quiere irse a casa. No lo culpo, yo en su lugar también lo haría.

Que si la señora quiere chisme y no desea marcharse. No me importa, si pudiera la echaría.

¡No! ¡simplemente no! Ya basta de intrusos en mi refugio. Niños correteando entre los muebles de la casa, por las habitaciones, por el patio, por el jardín, ¡¡por los baños!!

¿De qué están hechas sus piernas? Lo que tocan lo tiran y destruyen. El señor lo minimiza, la señora lo maximiza, los jóvenes se ríen y las jovencitas miran con desdén.

Un jarrón roto, la tele en el suelo. Vómito en la cocina, lodo en el patio. Lodo en la escalera, una rodilla sangrando y el chillido del herido cual soldado caído clama por ayuda en un cobarde intento de escapar de su destino.
No, ya basta por favor. El señor no se mueve, la señora corre en su auxilio, los jóvenes ríen y las jovencitas se pierden en su mundo…Se pierden en su mundo y no hay quien las regrese.

Música, auriculares, risas chillonas, fastidio, fastidio y quejas.

Que el calor, que fea la pintura de la pared, que no hay Internet, que no llega la señal.

La señora carga al niño en brazos, los otros la empujan jugando, el señor se entierra en el mueble esperando el momento para escapar. Sus cadenas son invisibles, son grilletes con bola, una muy pesada que no le deja caminar…
Hasta que se van….

Se van pero no llega mi felicidad.

He ganado el pase para visitar su casa. Su horrible casa.

El señor, la señora, los niños, los jóvenes, las jovencitas. El hedor de tierra lejana que repele toda incursión y en mis pies los grilletes que me enterraran en un mueble hasta encontrar la oportunidad de escapar.

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Concurso de Microrelatos “Un Mundo Bestial”

Concurso de Microrrelatos un Mundo Bestial
Concurso de Microrrelatos un Mundo Bestial

Participo en el siguiente concurso de la página “Historias Pulp” con un relato de alrededor de 400 palabras de corte apocalíptico/postapocalíptico que implique algún tipo de bestia, real o inventada, según la información provista a continuación.

Adjunto mi participación:


Anhedonia en la Cumbre

Con el tiempo los humanos llegaron a tal nivel de avance que no hallaron nada más que hacer.

Su desarrollo había llegado casi a niveles divinos, de tal manera que cada individuo podía hacer cuanto desease casi sin esfuerzo. Esto derivó en una intensa apatía que se trataba de resolver con un estilo de vida hedónico en un esfuerzo desesperado por volver a sentir el deseo de vivir.

De nada sirvió la experiencia acumulada, ni el conocimiento, ni la historia. Los humanos continuaron errando sin encontrar mayor propósito que satisfacer sus necesidades naturales.

Conforme la depravación fue desarrollándose, una enfermedad extraña se desarrolló en la población e infectaba ineludiblemente de una anhedonia crónica, conocida entre los investigadores como “La última depresión”

A pesar de que esta enfermedad no afectaba a toda la población, tuvo una variante que causó estragos entre los investigadores, quienes al verse superados a pesar de toda la tecnología disponible, entraban en un estado conocido como “desesperación final”

La epidemia parecía imparable y como solución parcial se desarrolló una criatura hibrida entre lo natural y lo digital, para solucionar los síntomas de la “depresión y la desesperación”

Como medida temporal, estas criaturas comenzaron a frenar el avance de la epidemia, llevándola casi hasta la desaparición y la sociedad comenzó a remontar. Sin embargo, como toda obra humana, esta criatura comenzó a fallar.

Con un aspecto indefinido, su cuerpo apenas material se conforme de acuerdo a las necesidades de su anfitrión. Las emociones de este les alimentaban y les permitía desarrollarse y solo ante la máquina que fue capaz de crearlos era posible ver su aspecto, como el de un animal negro con tentáculos que se aferraba a la nuca de su portador.

La depresión y la desesperación resultó imposible de erradicar y las criaturas de sombras no podían lidiar con tanto, cambiando su comportamiento para potenciar la enfermedad y consumir con voracidad los sentimientos negativos de su humano portador.

Bastaron pocos días para que el daño se extendiera. Los humanos en etapas terminales de la enfermedad simplemente caían al suelo y no se movían pues sus cuerpos seguían siendo perfectos por las modificaciones genéticas acumuladas.

Las criaturas de las sombras sobrealimentadas fueron capaces de despegarse de sus anfitriones y comenzaron a devorar los cadáveres ignorando a los apáticos humanos que agonizaban de hambre sin mostrar emoción alguna.

Cada humano devorado permitía a las criaturas de las sombras desarrollarse hasta la madurez. Los últimos investigadores llamaron a estos “Exequias” que, al comprender su misión fallida, devoraban a los humanos aún vivos en un acto de auto sacrificio, combinándose en una estructura negra y ramificada en forma de árbol que crecía sobre la ciudad, cubriéndola y llevándola hasta el olvido.

 

La ‘máquina inútil’ que aterrorizaba a Arthur C. Clarke

Me ha gustado mucho este articulo, conocía de este aparato y habré hecho algún prototipo de el, pero desconocía su historia por completo, que ha resultado muy interesante y divertida.


En 1952, siete años antes de cofundar el Laboratorio de Inteligencia Artificial del MIT junto a John McCarthy, el joven Minsky pasó el verano en los Laboratorios Bell de Nueva Jersey. Aquel estudiante de posgrado, que por entonces ya había creado el primer simulador de redes neuronales, trabajó allí con otro pionero. Claude Shannon, el padre de la teoría de la información, que había desempeñado una importante labor como criptógrafo en esas instalaciones durante la II Guerra Mundial, acabaría siendo su mentor.

Además de demostrar que el álgebra de Boole podía aplicarse a los circuitos electrónicos, Shannon también era un apasionado de los inventos aparentemente disparatados. Llegó a desarrollar una calculadora que realizaba operaciones en números romanos, un robot de malabarismos o un ratón mecánico que se movía por un laberinto.

Esa pasión común por las ideas absurdas provocó que Minsky y Shannon desarrollaran juntos unos cuantos dispositivos delirantes aquel verano, entre ellos una máquina que haría sonar una campana cuando la fuerza de la gravedad cambiara. Como es una constante, el timbre jamás desempeñó su labor, de ahí la gracia del asunto.

Entre todos aquellos inventos inservibles, la máquina inútil se llevó la palma. Era la más estúpida de todas, a juicio del pionero de la inteligencia artificial que la ideó. Shannon se encargó de construir aquel automatismo, que también se apodó «la última máquina», y la colocó con orgullo en su escritorio de los Laboratorios Bell.


Sigue leyendo en el post original: http://www.yorokobu.es/maquina-inutil-marvin-minsky/

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