Una de las cosas mas interesantes de la mente humana, es la capacidad de darle personalidad a seres inanimados. Esto probablemente sea una consecuencia accidental de nuestra naturaleza puesto que las pareidolias son un fenómeno frecuente y hasta viral en internet, por lo que me gusta experimentar para ver que tan lejos lo puedo llevar en los relatos. El de hoy es uno de esos experimentos.


Sangre Artificial

Después de una larga guerra, solo quedaba en el campo de batalla un androide bélico y un soldado enemigo al borde de la inanición Este último, arengado por el fervor de un patriotismo desmedido, aún luchaba por levantarse a pesar de sus heridas que, si bien no eran fatales, le dificultaban seriamente el movimiento.

El androide, una maquina sin sentimientos controlada remotamente desde un puesto de avanzada, era apoyado por una primitiva inteligencia artificial que permitía predecir los movimientos de los atacantes para responder con suma prontitud y reducir la probabilidad de daño al cargamento que llevaba consigo. Sin embargo, sus funciones principales fueron reducidas al mínimo tan pronto como su controlador se alejó de la batalla. Su rendimiento apenas era superior al de un pisapapeles, pero su porte, imponente para una maquina antropomorfa de dos metros de altura, aún intimidaba con solo mirarla.

Durante la batalla, el aparato se desenvolvía con soltura, con el poder que otorga la naturaleza cuando se comprende su funcionamiento, mientras que el soldado apenas podía usar sus armas y esconderse entre las trincheras, viendo al androide destrozar a sus compañeros.

El tratado internacional prohibía la utilización de estas máquinas e incluso, restringía el uso de inteligencias artificiales para su movilidad, sin embargo, la guerra se gana como se puede y para ello se aprovecharon agujeros en la legislación del tratado internacional para poder traer estos aparatos.

Prácticamente la guerra era entre humanos pero los androides de batalla estaban siendo controlados por ellos así que aún era legal. La velocidad con la que causaban bajas era tal que se lo podía comparar a la presentación de la primera Gatling anteriores guerras históricas.

La batalla terminó con una gran destrucción y mortandad alcanzada tan solo por el masivo sacrificio que hicieron los soldados para poder neutralizar a los controladores de los androides, causando el retroceso del ejército enemigo. El silencio dominó el escenario cuando los últimos gemidos de dolor fueron ahogados por el abrazo de la muerte más serena.

El soldado, con fracturas en sus piernas, observaba atentamente al androide que había mutilado a sus aliados.

Le guardaba rencor. Se odiaba a si mismo por seguir con vida y por dejar entera a esta máquina.

Tirado a varios metros de distancia, trato de levantarse, pero el dolor se lo impedía.

Con la mitad de su cuerpo fuera de la trinchera, sus piernas estaban muy lastimadas como para permitirle moverse. A pesar de esto, el odio lo arrastraba hacia el androide que permanecía en la última posición que se le fue ordenada por su operador.

El solado continúo con su esfuerzo. Todos los demás androides habían sido destruidos, muchos de ellos aún tenían sobre si pedazos de los amigos del soldado pero este quedaba completo. En una pieza. Solo. Totalmente solo.

Su misión solo terminaría cuando este androide haya sido destruido, sea que tenga que sacrificarse, saltar en pedazos o morir desangrado. Todos sus compañeros cumplieron sus misiones de esta manera.

Siguió arrastrándose sobre el tortuoso terreno, teniendo que pasar por algunos cráteres causados por las violentas explosiones de granadas, algunos de los cuales aún contenían pedazos de sus compañeros que no pudo reconocer.

Llegó hasta donde estaba el androide y lo miró una vez más.

Firme y estático, su apariencia era como el de un hombre fornido. Fue creado así para producir una sensación inquietante en el enemigo. Sus ojos resplandecientes seguramente no eran capaces de ver nada pero estaban ubicados en su rostro para asemejarse a los humanos. Sus brazos aún sostenían una especie de rifle que de ninguna manera una persona normal podría levantar y sus piernas estabilizadas por algún mecanismo moderno, marcaban el terreno por el peso de su equipamiento.

El soldado busco en su chaqueta táctica una granada. Estaba agotado, sin fuerzas para moverse y sabía que nadie vendría a rescatarlo.

Los recuerdos de sus amigos saltando por los aires en pedazos lo movían a escarbar frenéticamente buscando la granada pero no la encontró. Por el golpe que recibió había olvidado que gastó todas en otras batallas.

Tanteo sus ropas buscando un arma, pero solo encontró un cuchillo para batallas cuerpo a cuerpo. Hecho de un metal fuerte, no parecía lo suficientemente fuerte para poder atravesar la armadura del robot.
Sin pensar en estas cosas, se lanzó y comenzó a apuñalarlo en el pecho con todas sus fuerzas. Causando tantos rasguños que al llegar la noche, logró perforar la armadura.

El robot seguía inmóvil, pero era evidente que se sabía encendido dada las luces en sus ojos. No hizo nada para evitar el daño. No tenía a nadie controlándolo desde lejos.

El soldado continuó apuñalando al robot hasta el día siguiente, y así por tres días después de los cuales caía rendido y hambriento.

Comenzó a llover y el olor a putrefacción mezclada con pólvora se disipo un poco.

Las fuerzas se le escapaban.

Las heridas se le infectaban.

Caído a los pies del aparato pensó que no tenía más opción que aceptar su derrota.

El robot, por alguna razón se inclinó sobre él y el soldado pensó que había activado algún sistema de defensa, así que lloró pensando que iba a ser eliminado aún antes de morir de hambre, pero el robot no se movió más.

Su enorme cuerpo bloqueaba la lluvia que caía sobre el soldado y las gotas de agua se escurrían por sus ojos como si fueran lágrimas.

Abriéndose una compuerta en su pecho, muy cerca de donde el soldado lo apuñalo repetidamente, cayeron algunos suministros sobre el soldado y entonces, las luces de sus ojos se apagaron.