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Todos los males del mundo Isaac Asimov

Todos los males del mundo – Isaac Asimov

Todos los males del mundo Isaac Asimov
Todos los males del mundo Isaac Asimov

Como escritor de ciencia ficción, la verdad es que no había leído mucho sobre el tema, sin embargo ya estoy poniéndome al día. El primer escritor del género que conocí fue Isaac Asimov y cada que encuentro algún relato suyo, no puedo evitar leerlo. Hoy comparto “Todos los males del mundo” y adjunto una pequeña reseña que encontré en un blog que sigo mucho.

http://elespejogotico.blogspot.com/2018/06/todos-los-males-del-mundo-isaac-asimov.html

Todos los males del mundo (All the Troubles of the World) es un relato fantástico del escritor norteamericano (aunque nacido en Rusia) Isaac Asimov (1920-1992), publicado originalmente en la edición de abril de 1958 de la revista Super-Science Fiction, y luego reeditado en la antología de 1959: Nueve mañanas (Nine Tomorrows).

Todos los males del mundo, acaso uno de los mejores cuentos de Isaac Asimov, pertenece al ciclo de relatos de Multivac, aquella supercomputadora capaz de razonar, de soñar, e incluso de procesar toda la información que fluye en el planeta Tierra, influyendo en la política, la economía, y el delicado equilibrio social. En esencia, se trata de un verdadero ícono de las computadoras en la ciencia ficción.

En Todos los males del mundo, Multivac predice un futuro asesinato. Joseph Manners, acusado por la computadora, es arrestado, a pesar de que los estudios realizados mediante sondas psíquicas aseguran que se trata de un hombre incapaz de matar. Sin embargo, los reportes de Multivac sostienen que la posibilidad de que Manners cometa un asesinato aumentan exponencialmente incluso estando detenido.

Ben, el hijo de Manners, accede a una terminal pública de Multivac, diseñada para que cualquier ciudadano pueda hacerle preguntas; algo similar, en esencia, a Google. En este caso, Ben Manners le consulta a Multivac cómo puede probar la inocencia de su padre.

Lejos de recurrir a un cliché de la ciencia ficciónIsaac Asimov extiende una trama compleja y ricamente elaborada, mediante la cual Multivac busca convertirse en la víctima de aquel asesinato, articulando patrones que finalmente conducirán a Manners a matarla y de esa forma liberarse de su ingrato destino incorpóreo. De hecho, al ser consultada sobre cuál es su mayor deseo, Multivac responde: morir.

Todos los males del mundo es, sin dudas, un verdadero clásico del relato de ciencia ficción, en el cual podemos encontrar muchos paralelos con los actuales dilemas que plantea la tecnología.

Todos los males del mundo.
All the Troubles of the World, Isaac Asimov (1920-1992)

—Ali —le dijo Gulliman—, hoy tenemos dos primeros grados. ¿Hay algún problema insólito?

—No, señor.

El rostro de morenas facciones y ojos negros y penetrantes mostraba cierta expresión de inquietud.

—Ambos casos tienen un porcentaje de probabilidad muy bajo —dijo.

—Eso ya lo sé —repuso Gulliman—. He podido observar que ninguno de ellos presenta una probabilidad superior al quince por ciento. De todos modos, debemos velar por el prestigio de Multivac. Ha conseguido borrar prácticamente el crimen de la faz del planeta, y el público lo considera así por su éxito al impedir asesinatos de primer grado, que son, desde luego, los más espectaculares.

Ali Othman asintió.

–Sí, señor. Me doy perfecta cuenta.

—También se dará usted cuenta, supongo —prosiguió Gulliman—, que yo no quiero que se cometa uno solo durante mi presidencia. Si se nos escapa algún otro crimen, sabré disculparlo. Pero si se nos escapa un asesinato en primer grado, le irá a usted el cargo en ello. ¿Me entiende?

—Sí, señor. El análisis completo de los dos asesinatos en potencia ya se está efectuando en las oficinas de los respectivos distritos. Tanto los asesinos en potencia como sus presuntas víctimas se hallan bajo observación. He comprobado las probabilidades que el crimen se cometa y ya están disminuyendo.

—Buen trabajo —dijo Gulliman, cortando la comunicación.

Volvió a examinar la lista con cierta desazón. Tal vez se había mostrado demasiado severo con su subordinado… Pero había que tener mano firme con aquellos empleados de plantilla y evitar que llegasen a imaginarse que eran ellos quienes lo llevaban todo. De vez en cuando había que recordarles quién mandaba allí. En especial a aquel Othman, que trabajaba con Multivac desde que ambos eran notablemente más jóvenes, y a veces asumía unos aires de propiedad que llegaban a ser irritantes.

Para Gulliman, aquella cuestión de los crímenes podía ser crucial en su carrera política. Hasta entonces, ningún presidente había conseguido terminar su mandato sin que se produjese algún asesinato en un lugar u otro de la Tierra. Durante el mandato del presidente anterior se habían cometido ocho, o sea tres más que durante el mandato de su predecesor. Pero Gulliman se proponía que durante el suyo no hubiese ninguno. Había resuelto ser el primer presidente que no tuviera en su haber ningún asesinato en ningún lugar de la Tierra. Después de eso, y de la favorable publicidad que comportaría para su persona.

Apenas se fijó en el resto del informe. Éste contenía, según le pareció a primera vista, unos dos mil casos de esposas en peligro de ser vapuleadas. Indudablemente, no todas aquellas palizas podrían evitarse a tiempo. Tal vez un treinta por ciento de ellas se realizarían. Pero el porcentaje disminuía cada vez con mayor celeridad. Multivac había añadido las palizas conyugales a su lista de crímenes previsibles hacía apenas cinco años, y el ciudadano medio todavía no se había acostumbrado a la idea de verse descubierto de antemano cuando se proponía moler a palos a su media naranja. A medida que esta idea se fuese imponiendo en la sociedad, las mujeres recibirían cada vez menos golpes, hasta terminar por no recibir ninguno.

Gulliman observó que en la lista también figuraban algunos maridos vapuleados. Luego quitó la conexión y se quedó mirando la pantalla de la cual habían desaparecido las prominentes mandíbulas y la calva incipiente de Gulliman. Luego miró a su ayudante. Rafe Leemy, y dijo:

—¿Qué hacemos?

—¿A mí me lo preguntas? Es a él a quien le preocupan un par de asesinatos sin importancia.

—Yo creo que nos arriesgamos demasiado al intentar resolver esto por nuestra cuenta. Sin embargo, si se lo decimos le dará un ataque. Estos políticos electos tienen que pensar en su pellejo; por lo tanto, creo que si se lo decimos no haría más que enredar las cosas e impedirnos actuar.

Leemy asintió con la cabeza y se mordió el grueso labio inferior.

—¿Qué haremos si nos equivocamos? —dijo—. Querría estar en el fin del mundo, si eso llega a suceder.

—Si nos equivocamos, nuestra suerte no interesará a nadie, pues seremos arrastrados por la catástrofe general —con la mayor vivacidad, Othman añadió—: Pero, vamos a ver, las probabilidades son tan sólo del doce coma tres por ciento. Para cualquier otro delito, exceptuando quizás el asesinato, dejamos que el porcentaje aumente un poco más antes de decidirnos a actuar. Todavía puede presentarse una corrección espontánea.

—Yo no confiaría demasiado en ello —dijo Leemy secamente.

—No pienso hacerlo. Me limitaba a señalarte el hecho. Sin embargo, como la cifra aún es baja, creo que lo más indicado es que de momento nos limitemos a observar. Nadie puede planear un crimen de tal envergadura por sí solo; tienen que existir cómplices.

—Multivac no los nombró.

—Ya lo sé. Sin embargo…

No terminó la frase. Entonces se pusieron a estudiar de nuevo los detalles de aquel crimen que no se incluía en la lista entregada a Gulliman; el único crimen que nunca había sido intentado en toda la historia de Multivac. Y se preguntaron qué podían hacer.

Ben Manners se consideraba el muchacho de dieciséis años más dichoso de Baltimore. Eso tal vez podía ponerse en duda. Pero no había duda que era uno de los más dichosos, y de los que se hallaban más excitados. Al menos, era uno de los pocos que habían sido admitidos en las graderías del estadio el día en que los jóvenes de dieciocho años pronunciaron el juramento. Su hermano mayor se contaba entre los que iban a pronunciarlo, y por eso sus padres solicitaron billetes para ellos y también permitieron que Ben lo hiciese. Cuando Multivac eligió entre todos los que solicitaron billete, Ben fue uno de los autorizados a sacarlo. Dos años después, Ben sería quien pronunciaría el juramento, pero la contemplación de su hermano mayor Michael en el acto de hacerlo era casi lo mismo para él.

Sus padres le vistieron (o le hicieron vestir, mejor dicho) con todo el adorno posible, pues iba como único representante de la familia, y el muchacho se fue muy ufano, con recuerdos de todos para Michael, el cual se había ido unos días antes para someterse a los reconocimientos físico y neurológico preliminares.

El estadio se hallaba emplazado en las afueras de la población, y Ben, que no cabía en sí de orgullo, fue conducido hasta su asiento. Por debajo de él distinguió hilera tras hilera de centenares y centenares de jóvenes de dieciocho años (los chicos a la derecha, las chicas a la izquierda), todos procedentes del distrito dos de Baltimore. En diversas épocas del año se celebraban actos similares en todo el mundo, pero aquello era Baltimore, y por lo tanto aquél era el más importante. Allá abajo, perdido entre la multitud de adolescentes, se hallaba Mike, el hermano de Ben.

El joven escrutó las hileras de cabezas, con la vaga esperanza de reconocer a su hermano. No lo consiguió, naturalmente, pero entonces subió un hombre al estrado que se alzaba en el centro del estadio, y Ben dejó de mirar para prestar atención. El hombre del estrado dijo por el micrófono:

—Buenas tardes, muchachos; buenas tardes, distinguido público. Soy Randolph T. Hoch, y se me ha confiado el honroso encargo de dirigir este año los actos de Baltimore. Los jóvenes que van a pronunciar el juramento ya me conocen, por haberme visto varias veces durante los reconocimientos físicos y neurológicos. La mayor parte de la tarea ya está realizada, pero queda lo más importante. La personalidad completa de cada uno de ustedes debe pasar a los archivos de Multivac.

»Todos los años, esto requiere cierta explicación para los jóvenes que alcanzan la mayoría de edad. Hasta esta fecha –dijo volviéndose hacia los jóvenes que tenía delante, y desviando su mirada del público–, hasta esta fecha, hasta hoy, ustedes no pueden considerarse adultos; Multivac no les considera como individuos adultos, excepto en los casos en que alguno de ustedes han sido señalados especialmente por sus padres o por el Gobierno.

»Hasta hoy, pues, cuando llegaba el momento de recopilar los datos anuales, eran sus padres quienes llenaban vuestras fichas. Ha llegado ahora el momento para que asuman esta obligación. Es un gran honor, una gran responsabilidad. Sus padres nos han comunicado cuáles han sido vuestras notas escolares, qué enfermedades han tenido, cuáles son vuestras costumbres… Eso, y muchas cosas más. Pero ahora todavía deben decirnos más aún; vuestros más íntimos pensamientos; vuestros más secretos anhelos.

»Resulta difícil hacerlo la primera vez; incluso violento, pero hay que hacerlo. Una vez lo hayan hecho, Multivac tendrá un análisis completo de ustedes en sus archivos. Comprenderá vuestras acciones y reacciones. Incluso podrá prever con notable exactitud vuestro comportamiento futuro. De esta manera, Multivac les protegerá. Si están en peligro de accidente, lo sabrá. Si alguien se propone hacerles daño, lo sabrá. Si son ustedes quienes traman alguna mala acción, lo sabrá y evitará que ésta se cometa, con el resultado que no tendrán que ser castigados por ella.

»Con el conocimiento que tendrá de todos ustedes, Multivac podrá contribuir al perfeccionamiento de la economía y de las leyes terrestres, para el bien de todos. Si tienen un problema personal, pueden acudir a Multivac con él, y Multivac, que les conoce a todos, podrá ayudarles a resolverlo. Ahora deseo que llenen los formularios que les vamos a facilitar. Mediten cuidadosamente y respondan a todas las preguntas con la mayor exactitud posible. No oculten nada por vergüenza o precaución. Nadie conocerá nunca vuestras respuestas excepto Multivac, a menos que sea necesario conocerlas para protegerles. Y en este caso, sólo las conocerán contados funcionarios del Gobierno, que poseen autorización especial.

»Pudiera ocurrir que deformasen la verdad más o menos intencionadamente. No lo hagan. Nosotros terminaremos por descubrirlo. La totalidad de sus respuestas debe formar un conjunto coherente. Si alguna de las respuestas son falaces, sonarán como una nota discordante y Multivac las descubrirá. Si entre ellas se encuentran respuestas falsas, o son falsas en su totalidad, crearán un conjunto típico que Multivac reconocerá inmediatamente. Por lo tanto, les aconsejo que digan la verdad y nada más que la verdad.

Por último, el acto terminó; los muchachos llenaron los formularios, y las ceremonias y discursos tocaron a su fin. Por la noche, Ben, poniéndose de puntillas, consiguió descubrir finalmente a Michael, el cual todavía llevaba el traje de gala que se había puesto para el «desfile de los adultos». Se abrazaron llenos de júbilo, luego cenaron juntos y tomaron el expreso hasta su casa, ambos llenos de contento después de aquel día memorable. Por lo tanto, no se hallaban preparados para enfrentarse con el cambio total que encontraron en su casa. Ambos se quedaron helados cuando un joven de rostro severo, vestido de uniforme y apostado a la puerta de su propia casa, les cerró el paso para pedirles la documentación antes de dejarlos entrar. Una vez dentro, hallaron a sus padres sentados en el salón, con expresión desesperada y la huella de la tragedia impresa en sus caras.

Joseph Manners, que parecía haber envejecido diez años desde aquella misma mañana, miró con ojos asustados y hundidos a sus dos hijos (uno de los cuales todavía llevaba al brazo su flamante toga de adulto) y dijo:
—Estoy bajo arresto domiciliario.

Ben y Michael se quedaron boquiabiertos.

Bernard Gulliman no podía leer, naturalmente, el voluminoso informe. Leyó únicamente el sumario y quedó más que satisfecho. No había duda que toda una generación ya estaba acostumbrada a que Multivac predijese la comisión de los delitos más importantes. Les parecía natural que los agentes de Corrección se presentasen en el lugar donde iba a cometerse el delito antes que éste pudiera llevarse a cabo. Les parecía natural también que la consumación del crimen acarrease para su autor un castigo ejemplar e inevitable. Poco a poco, arraigó el convencimiento que era imposible engañar a Multivac. El resultado de ello, naturalmente, fue que cada vez se planearon menos crímenes. A medida que las intenciones criminales disminuían y la capacidad de Multivac aumentaba, se fueron añadiendo a la lista de delitos que el maravilloso instrumento predecía todas las mañanas, otras infracciones de la ley de menor cuantía, pero éstas, también, disminuían a ojos vistas.

Entonces Gulliman ordenó que se realizase un análisis (sólo lo podía realizar Multivac, naturalmente) de la capacidad que poseía Multivac para prever las posibilidades de enfermedad. Así, los médicos podrían ser llamados con rapidez para visitar y tratar a individuos susceptibles de volverse diabéticos antes de un año, o expuestos a sufrir una tisis galopante o un cáncer. Más vale prevenir. ¡Y el resultado del análisis fue favorable! Después le llevaron la lista de los posibles crímenes del día, y entre ellos no figuraba ni un solo asesinato de primer grado. Gulliman, que se hallaba de un humor excelente, llamó a Ali Othman por el intercomunicador:

—Oiga, Othman, ¿cuál es el promedio de delitos que hay en las listas diarias de la semana pasada, comparado con el promedio de mi primera semana como presidente?

El promedio había descendido, según se pudo comprobar, en un ocho por ciento; sólo le faltaba eso a Gulliman para sentirse el más dichoso de los mortales. No se debía para nada a él, desde luego, pero sus votantes no lo sabían. Se congratuló por su suerte, que le había llevado a ocupar la presidencia en el momento oportuno, durante el apogeo de Multivac, en un momento en que la enfermedad también podría colocarse bajo su manto protector. Esto favorecía extraordinariamente la carrera política de Gulliman.

Othman se encogió de hombros.

—El jefe está muy contento —dijo.

—¿Cuándo hacemos estallar la bomba? —dijo Leemy—. El hecho de poner a Manners en observación sólo ha conseguido elevar las probabilidades. El arresto domiciliario no ha hecho más que incrementarlas.

—Ya lo sé, hombre —dijo el otro, con impaciencia—. Lo que no sé es por qué.

—Tal vez se deba a los cómplices, como tú dijiste. Al darse cuenta que Manners está detenido, el resto de la banda tendrá que actuar en seguida o la intentona fracasará.

—Mirémoslo desde otro lado. Con Manners a buen recaudo, los demás pondrán pies en polvorosa y tratarán de esconderse. Además, ¿por qué Multivac no nos da los nombres de los cómplices?

—¿Se lo decimos a Gulliman?

—No, todavía no. Las probabilidades son todavía de un diecisiete coma tres por ciento. Aún podemos hacer algo.

Elizabeth Manners dijo a su hijo menor:

—Vete a tu cuarto, Ben.

—Pero, ¿qué pasa, mamá? —preguntó Ben con voz quebrada, al contemplar aquel extraño final de un día tan glorioso.

—¡Por favor, Ben, obedéceme sin preguntar!

El muchacho se fue a regañadientes. Salió al vestíbulo y empezó a subir la escalera, haciendo el mayor ruido posible. Luego descendió sigilosamente. Mike Manners, el primogénito, el que había llegado hacía pocas horas a su mayoría de edad y era el gozo y la esperanza de la familia, dijo con un tono de voz que reflejaba el que empleara su hermano:

—¿Qué pasa?

Joe Manners repuso:

—Pongo al cielo por testigo que no lo sé, hijo mío. No he hecho nada.

—De eso estamos todos convencidos —dijo Mike, mirando estupefacto a su padre, pequeño y de aspecto bondadoso—. Deben haber venido porque pensabas hacer algo.

La señora Manners le interrumpió con enojo:

—¿Qué quieres que pensase tu padre que pueda provocar semejante despliegue de fuerzas? —describió un amplio círculo con el brazo, para abarcar los policías que rodeaban la casa, y prosiguió—: Cuando yo era niña, el padre de un amigo mío que trabajaba en un banco fue llamado una vez, y le dijeron que no pensase más en aquel dinero. Pensaba robar cincuenta mil dólares. No llegó a cometer el robo: sólo lo pensó. En aquellos tiempos no mantenían estas cosas en secreto, como hoy; todo el mundo se enteró, y así es como yo lo supe. Lo que quiero decir es que se trataba de cincuenta mil dólares. Una cantidad muy respetable. Sin embargo se limitaron a llamarlo por teléfono. ¿Qué podía estar planeando tu padre, para requerir la presencia de una docena de policías, que han rodeado la casa?

El cabeza de familia dijo, con voz triste y quejumbrosa:

—No planeaba ningún crimen, ni el más pequeño e insignificante. Se los juro.

Mike, lleno de la sabiduría consciente de un nuevo adulto, dijo:

—Tal vez sea algo subconsciente, papá; una forma de resentimiento hacia tu jefe.

—¿Hasta tal punto que me hiciese desear matarlo? ¡No!

—¿Y no quieren decirte de qué se trata?

Su madre les interrumpió de nuevo:

—No, no quieren. Ya se lo hemos preguntado. Les dije que, con su simple presencia, estaban perjudicando enormemente nuestra reputación en el barrio. Lo menos que podían hacer era decirnos de qué se trataba para que pudiéramos defendernos y ofrecer explicaciones.

—¿Y ellos no quieren?

—No.

Mike permanecía de pie, con las piernas separadas y las manos metidas en los bolsillos. Muy inquieto, dijo:

—Verás, mamá, es que Multivac no se equivoca nunca.

Su padre, desesperado, golpeó con el puño el brazo del sofá.

—Les repito que no planeo ningún crimen.

Abrieron sin llamar y entró en la sala un hombre uniformado, que andaba con paso firme y decidido. Su cara tenía una expresión imperturbable y oficial.

—¿Es usted Joseph Manners? —preguntó.

—Yo soy. ¿Podría usted decirme qué desean de mí?

—Joseph Manners, queda usted detenido por orden del Gobierno —y exhibió brevemente su carnet de oficial de Correcciones—. Tengo que rogarle que me acompañe.

—¿Por qué motivo? ¿Qué he hecho?

—No estoy autorizado a decírselo.

—Pero no pueden detenerme por planear un crimen, aun admitiendo que lo estuviese planeando. Para detenerme tengo que haber hecho algo. De lo contrario, no pueden. Es contrario a la ley.

—Le ruego que me acompañe.

La señora Manners soltó un grito y se dejó caer en el sofá, llorando histéricamente. Joseph Manners no fue capaz de transgredir el código que le había sido impuesto durante toda su vida, resistiéndose a obedecer las órdenes de un oficial, pero al final se hizo el remolón, obligando al agente del Gobierno a tener que utilizar la fuerza para arrastrarlo fuera de la habitación. Mientras se lo llevaban, Manners gritaba:

—Pero, ¿qué he hecho? ¿Por qué no quieren decírmelo? Si al menos lo supiese… ¿Es un asesinato? ¿Se me acusa de tramar un asesinato?

La puerta se cerró tras ellos, y Mike Manners, pálido como la muerte y que de pronto había dejado de sentirse adulto, miró a la puerta y luego a su madre, anegada en llanto. Ben Manners, oculto tras la otra puerta y sintiéndose de pronto muy adulto, apretó los labios fuertemente y pensó que él sabía exactamente lo que había que hacer.

Lo que Multivac le arrebataba, Multivac lo devolvería. Ben recordaba perfectamente las ceremonias que había presenciado aquel mismo día. Había oído cómo aquel llamado Hoch hablaba de Multivac y de todo cuanto ésta podía hacer. Podía dirigir el Gobierno, y también ayudar a un simple particular que fuese a ella en busca de consejo. Cualquiera podía pedir ayuda a Multivac, y Ben se disponía a hacerlo. Ni su madre ni su hermano se darían cuenta que se iba; además, le quedaba todavía algún dinero de la cantidad que sus padres le habían dado para aquel día memorable. Si después notaban su ausencia y ésta les preocupaba, qué se le iba a hacer. En aquel momento, su padre era quien más contaba.

Salió por la parte trasera y el agente apostado a la puerta le dejó pasar, tras examinar brevemente su documentación.

Harold Quimby dirigía la sección de quejas de la subestación Multivac de Baltimore. Se consideraba a sí mismo un miembro de la rama más importante del servicio civil. En ciertos aspectos tal vez tuviese razón, y los que le oían hablar de ello hubieran debido ser de hierro para no sentirse impresionados. Por un lado, decía Quimby, Multivac se dedicaba principalmente a invadir la intimidad. Durante los últimos cincuenta años, la Humanidad había tenido que acostumbrarse a la idea que sus pensamientos e impulsos más íntimos ya no podían mantenerse en secreto, y que ya no existían recónditos pliegues del alma donde podían esconderse los sentimientos. A cambio de esto, había que dar algo a la Humanidad.

Naturalmente, los hombres obtuvieron paz, prosperidad y seguridad, pero eso eran abstracciones. Los hombres y mujeres concretos necesitaban algo personal como recompensa por su renuncia a la intimidad, y lo obtuvieron. Al alcance de cualquier habitante del planeta se encontraba una estación Multivac a cuyos circuitos se podían someter libremente toda clase de problemas y preguntas, con una libertad y sin prácticamente limitación alguna. A los pocos minutos, el maravilloso instrumento facilitaba las respuestas adecuadas.

En cualquier instante del día o de la noche, cinco millones de circuitos individuales entre el cuatrillón o más que poseía Multivac, podían dedicarse a atender aquel programa de preguntas y respuestas. Éstas no eran necesariamente infalibles, pero sí enormemente aproximadas casi siempre, y los que acudían a Multivac tenían una fe absoluta en sus respuestas. Y en aquellos momentos, un joven de dieciséis años, de expresión ansiosa, avanzaba lentamente con la cola de hombres y mujeres que esperaban. Todos los semblantes de los que formaban la cola se hallaban iluminados por distintos grados de esperanza, temor o ansiedad, e incluso angustia, mientras se aproximaban lentamente a Multivac. Pero era siempre la esperanza la que predominaba.

Sin levantar la mirada, Quimby tomó el formulario impreso, debidamente cumplimentado, que el recién llegado le tendía y dijo:

—Cabina 5-B.

—¿Cómo tengo que hacer la pregunta, señor?

Quimby levantó entonces la mirada, con cierta sorpresa. Por lo general, los muchachos que aún no habían alcanzado la mayoría de edad no hacían uso de aquel servicio. Amablemente le dijo:

—¿Es la primera vez que vienes a Multivac, muchacho?

—Sí, señor.

Quimby le indicó el modelo que tenía sobre su mesa.

—Tendrás que utilizar esto. Mira, funciona exactamente igual que una máquina de escribir. No escribas la pregunta mal, sobre todo; hazlo por medio de esta máquina. Ahora vete a la cabina 5-B, y si necesitas ayuda, oprime el botón rojo y se presentará un empleado. Por ese corredor, muchacho, a la derecha.

Vio como el joven se alejaba por el corredor, hasta perderse de vista, y sonrió. Multivac no rechazaba a nadie. Naturalmente, no podía descartarse un pequeño porcentaje de preguntas triviales: gente que hacía preguntas indiscretas acerca de sus vecinos o preguntas desvergonzadas sobre personalidades eminentes; estudiantes que trataban de adivinar lo que les preguntarían sus profesores, o de divertirse a costa de Multivac haciéndole preguntas paradójicas o absurdas.

Multivac podía atender todas aquellas preguntas sin necesidad de ayuda. Además, cada pregunta y cada respuesta quedaban archivadas para constituir una pieza más en el conjunto de datos sobre la Humanidad en general y sus representantes individuales en particular. Incluso las triviales e impertinentes ayudaban a la Humanidad, pues al reflejar la personalidad del que las hacía, permitían que Multivac aumentase su conocimiento de los hombres.

Quimby volvió su atención hacia la persona siguiente en la cola, una mujer de mediana edad, desgarbada y angulosa, con la turbación reflejada en el semblante.

Ali Othman medía la oficina a grandes pasos, y sus tacones resonaban con golpes sordos y desesperados sobre la alfombra.

—Las probabilidades siguen aumentando. En este momento son del veintidós coma cuatro por ciento. ¡Maldición! Hemos detenido a Joseph Manners, y las probabilidades siguen aumentando.

El sudor corría a raudales por su cara. Leemy dejó el teléfono en su soporte.

—Todavía no ha confesado. Le han sometido a la Prueba Psíquica, pero no han descubierto la menor huella de crimen. Es posible que diga la verdad.

—¿Entonces, es que Multivac se ha vuelto loca? —dijo Othman.

Otro teléfono se puso a sonar. Othman se apresuró a cerrar las conexiones, contento de aquella interrupción. En la pantalla apareció la cara de un oficial de Correcciones, el cual dijo:

—¿Tiene que darnos algunas nuevas instrucciones, señor, respecto a la familia de Manners? ¿Debemos permitirles que vayan y vengan a su antojo, como han hecho hasta ahora?

—¿Qué quiere usted decir, con eso de «como han hecho hasta ahora»?

—Las primeras órdenes que recibimos se referían al arresto domiciliario de Joseph Manners. Nada se decía en ellas del resto de la familia, señor.

—Pues hágalas extensivas al resto de la familia, en espera de recibir nuevas órdenes.

—Pero es que ése es el problema, señor. La madre y el hijo mayor no hacen más que pedir noticias del pequeño. Éste ha desaparecido, y su madre y su hermano piensan que también le han detenido, y piden que los llevemos a la jefatura para aclarar la suerte del muchacho.

Othman frunció el ceño y preguntó casi en un susurro:

—¿El pequeño? ¿Cuántos años tiene?

—Dieciséis, señor —repuso el agente.

—Dieciséis, y se ha ido. ¿Sabe usted adónde?

—Le dejaron salir, señor. No había órdenes de retenerle.

—No se retire. Un momento —Othman suspendió momentáneamente la comunicación, se llevó ambas manos a la cabeza, y gimió—: ¡Estúpido de mí!

—¿Qué demonios te pasa?

—Este individuo tiene un hijo de dieciséis años —dijo Othman con voz ahogada—. Por lo tanto, es un menor de edad, y Multivac no lo registra por separado, sino formando parte de la ficha de su padre —miró furioso a Leemy—. Hasta cumplir dieciocho años, un joven no tiene ficha separada en Multivac, sino que sus datos figuran en la de su padre. Eso lo sabe cualquiera. ¿Cómo pudo habérseme olvidado? Y a ti, pedazo de idiota, ¿cómo pudo habérsete olvidado también?

—¿Quieres decir entonces que Multivac no se refería a Joe Manners? —preguntó Leemy.

—Multivac se refería a su hijo menor, y éste se nos ha escapado. A pesar de tener la casa rodeada de policías, él ha salido con toda tranquilidad y se ha ido a realizar vaya a saber qué infernal misión.

Conectó de nuevo el circuito telefónico, al extremo del cual todavía esperaba el oficial de Correcciones. Aquella interrupción de un minuto había permitido que Othman recuperase el dominio de sí mismo, asumiendo de nuevo su expresión fría y segura (hubiera sido altamente perjudicial para su prestigio representar una escena ante los ojos de un policía aunque eso habría aliviado considerablemente su mal humor).

—Oficial —dijo entonces—, trate de localizar al muchacho que ha desaparecido. Si es necesario, movilice usted a todos sus hombres. Más adelante les daré las órdenes oportunas. De momento sólo ésta: encontrar al muchacho a toda costa.

—Sí, señor.

La conexión se interrumpió. Othman dijo:

—Dígame cómo están las probabilidades, Leemy.

—Han bajado a un diecinueve coma seis por ciento. Y siguen bajando.

Othman dejó escapar un largo suspiro.

Ben Manners tomó asiento en la cabina 5-B y tecleó lentamente:

—Me llamo Benjamín Manners, número MB-71833412. Mi padre, Joseph Manners, ha sido detenido, pero no sabemos qué crimen tramaba. ¿Podemos ayudarle de algún modo?

Se dispuso a esperar la respuesta de la máquina. A pesar que sólo tenía dieciséis años, ya sabía que aquellas palabras estaban dando vueltas en aquellos momentos por el interior del aparato más complicado creado por la mente humana; sabía también que se barajarían y se coordinarían un trillón de datos, y que a partir de ellos Multivac extraería la respuesta más adecuada. Oyó un clic en la máquina y surgió de ella una tarjeta. Sobre la misma se veía impresa una respuesta, una larga respuesta. Decía como sigue:

—Toma el expreso a Washington, D. C., inmediatamente. Desciende en la parada de la avenida de Connecticut. Verás una salida especial sobre la que se lee «Multivac» y ante la que hay unos guardias. Di a uno de ellos que llevas un recado para el doctor Trumbull, y te dejará entrar. Te encontrarás entonces en un corredor. Síguelo hasta encontrar una puerta sobre la que se lee «Interior». Entra y di a los guardias de dentro lo que has dicho a los de fuera; lo mismo. Éstos te franquearán el paso. Sigue entonces…

Las instrucciones continuaban por ese tenor. Ben no veía que aquello tuviese nada que ver con lo que había preguntado, pero su fe en Multivac era absoluta. Salió corriendo, para tomar el expreso a Washington.

Los oficiales de Correcciones consiguieron seguir la pista de Ben Manners hasta la estación de Baltimore, donde llegaron una hora después que éste la hubiera abandonado. El sorprendido Harold Quimby se sintió verdaderamente aturrullado ante el número e importancia de los hombres que fueron a verle con relación a aquel muchacho de dieciséis años que andaban buscando.

—Sí, un muchacho de esas señas —dijo—, pero ignoro adónde fue cuando salió de aquí. Yo no podía saber que lo andaban buscando. Aquí recibimos a todo el mundo. Sí, puedo conseguir una copia de la pregunta y la respuesta.

Los oficiales de Correcciones televisaron las dos fichas a Jefatura sin perder un instante. Othman las leyó, puso los ojos en blanco y se desmayó. Consiguieron hacerlo reaccionar casi en seguida. Con voz débil, dijo a Leemy:

—Que detengan a ese chico. Y que me saquen una copia de la respuesta de Multivac. Ahora ya no hay escapatoria. Tengo que ver a Gulliman inmediatamente.

Bernard Gulliman nunca había visto a Ali Othman tan perturbado. Al observar la expresión trastornada del coordinador, sintió que un escalofrío le recorría el espinazo. Con voz trémula y entrecortada, preguntó:

—¿Qué quiere usted decir, Othman? ¿Qué significa eso de algo peor que un asesinato?

—Mucho, muchísimo peor que un asesinato.

—¿Se refiere usted al asesinato de un alto funcionario del Gobierno? —Incluso cruzó por su mente la idea que pudiese ser él mismo.

—No un funcionario del Gobierno. El funcionario del Gobierno por excelencia.

—¿El secretario general? —aventuró Gulliman con un murmullo ahogado.

—Más que eso; mucho más. Nos enfrentamos con un complot para asesinar a Multivac.

—¡CÓMO!

—Por primera vez en la historia de Multivac, la computadora nos ha informado que es ella misma quien está en peligro.

—¿Por qué no me informaron de ello inmediatamente?

—Como se trataba de un caso sin precedentes, señor, estudiamos la situación antes de atrevernos a redactar un informe oficial.

—Pero Multivac se ha salvado, ¿verdad? Dígame que se ha salvado.

—Las probabilidades han descendido a menos de un cuatro por ciento; prácticamente ya no hay peligro. Estoy esperando el informe definitivo de un momento a otro.

—Traigo un recado para el doctor Trumbull —dijo Ben Manners al hombre instalado sobre un alto taburete, y que accionaba cuidadosamente lo que parecían los mandos de un crucero estratosférico, enormemente ampliados.

—Muy bien, Jim —dijo el hombre—. Adelante.

Ben echó una mirada a sus instrucciones y se apresuró a seguir adelante. Encontraría una diminuta palanca que tenía que bajar completamente, en el instante en que un indicador mostrase una luz roja. Oyó una voz agitada a sus espaldas, luego otra, y de pronto dos hombres lo sujetaron por los codos. Notó como sus pies se levantaban del suelo. Uno de sus captores dijo:

—Acompáñanos, muchacho.

La cara de Ali Othman no se iluminó de manera apreciable al recibir la noticia, aunque Gulliman dijo con gran alegría:

—Si tenemos al chico, Multivac se ha salvado.

—Por el momento.

Gulliman se llevó una mano temblorosa a la frente.

—¡Qué media hora he pasado! ¿Se imagina usted lo que significaría la destrucción de Multivac, aunque fuese por breve tiempo? Se hundiría el Gobierno; la economía se paralizaría. Sería de unos efectos más devastadores que un… —alzó de pronto la cabeza—. ¿Qué quiere usted decir con eso de «por el momento»?

—Ese muchacho, Ben Manners, no tenía intención de hacer daño. Él y su familia deben ser puestos inmediatamente en libertad e indemnizados por las molestias que les hemos causado. Él se limitaba a seguir las instrucciones que le dio Multivac para ayudar a su padre, y lo ha conseguido. Su padre ha sido puesto en libertad.

—¿Insinúa usted que la propia Multivac ordenó al muchacho que bajase una palanca en un momento en que tal acción quemaría tal cantidad de circuitos que haría falta un mes de trabajo para repararlos? ¿Insinúa usted acaso que Multivac proponía su propia destrucción para ayudar a un solo hombre?

—Mucho peor que eso, señor. Multivac no sólo dio esas instrucciones a Ben, sino que eligió a la familia Manners porque Ben tenía un extraordinario parecido con uno de los mensajeros del doctor Trumbull, y por lo tanto podría meterse impunemente en Multivac sin que nadie le pusiese reparos.

—¿Y por qué fue elegida esa familia? ¿Y para qué?

—Verá usted, el muchacho nunca se habría visto obligado a hacer la pregunta que hizo si su padre no hubiese sido detenido. Y su padre jamás habría sido detenido si Multivac no le hubiese acusado de tramar su propia destrucción. Fue Multivac quien inició la sucesión de acontecimientos que casi condujeron a la propia destrucción de Multivac.

—Pero eso no tiene pies ni cabeza —dijo Gulliman con voz quejumbrosa.

Se sentía pequeño y desvalido, y casi se puso de rodillas para suplicar a Othman, a aquel hombre que había pasado casi toda su vida junto a Multivac, que devolviese la tranquilidad a su ánimo. Pero Othman no lo hizo. En cambio, le dijo:

—Éste ha sido el primer intento realizado por Multivac en este sentido, que yo sepa. Hasta cierto punto, estaba muy bien planeado. Supo elegir la familia. Tuvo buen cuidado en no distinguir entre padre e hijo, a fin de despistarnos. Sin embargo, demostró que todavía no pasa de ser una aficionada. No pudo anular sus propias instrucciones, que la obligaron a comunicar la probabilidad de su propia destrucción, la cual se hacía mayor a cada paso que dábamos por la pista falsa. Tuvo que registrar forzosamente la respuesta que dio al muchacho. Cuando tenga más práctica, probablemente aprenderá las artes del engaño, a ocultar ciertos hechos, a no registrar otros. A partir de ahora, todas las instrucciones que dé contendrán tal vez las semillas de su propia destrucción. Eso nunca lo sabremos. Y por más cuidado que tengamos, un día Multivac conseguirá burlarnos. Creo, señor Gulliman, que usted será el último presidente de esta organización.

Gulliman aporreó furioso su mesa.

—Pero, ¿por qué, pregunto yo? ¿Por qué hace eso? ¿Qué le ocurre? ¿No podemos repararla?

—No lo creo —repuso Othman, dominado por una callada desesperación—. Nunca había tenido en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, ahora, al pensarlo, estoy convencido que hemos llegado al fin, precisamente porque Multivac es demasiado buena. Multivac se ha hecho tan complicada que sus reacciones ya no son las propias de una máquina, sino las de un ser viviente.

—Está usted loco. Pero, ¿y qué si fuese así?

—Durante más de medio siglo Multivac ha tenido que cargar con todas las preocupaciones de la Humanidad. Le hemos pedido que velase por todos nosotros, por todos y cada uno de nosotros. Le hemos confiado todos nuestros secretos; le hemos hecho absorber nuestra maldad y defendernos de ella. Cada uno de nosotros acudimos a ella con nuestras aflicciones, aumentando su enorme fárrago. Y ahora nos proponemos hacer cargar también a Multivac, a esta criatura viva, con el fardo de la enfermedad humana —Othman se interrumpió un momento, antes de proseguir con excitación—: Señor Gulliman, Multivac está harta de cargar con todos los males del mundo.

—Esto es una locura. Una completa locura —masculló Gulliman.

—En ese caso, permítame que le demuestre algo muy importante. Vamos a hacer una prueba. ¿Me permite usted que utilice la línea de Multivac que tiene en su despacho?

—¿Para qué?

—Para hacer una pregunta a Multivac que nadie le ha hecho jamás.

—Supongo que no le será perjudicial —preguntó Gulliman, alarmado.

—No. Pero nos dirá lo que deseamos saber.

El presidente vaciló un momento. Luego dijo:

—Adelante.

Othman se dirigió a la terminal que Gulliman tenía sobre la mesa. Sus dedos teclearon diestramente, formando la pregunta:

—Multivac, ¿qué es lo que deseas?

El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pareció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían ni a respirar. Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:

—Deseo morir.

Importancia de la ciencia ficción. Por Diego Maenza

A través de https://cienciaficcionecuador.wordpress.com/2018/06/22/importancia-de-la-ciencia-ficcion-diego-maenza/

Por Diego Maenza

(Publicado originalmente en la revista española Todo Literatura, el 7 de junio de 2017)

No en vano el escritor Robert J. Sawyer asegura que la ciencia ficción es la literatura del futuro. La frase se puede interpretar tanto por el carácter premonitorio del género como por un cambio evolutivo en la escritura al incorporar en la estética tradicional elementos ficcionales propios de una estilística a la que ya no se puede eludir.

Sólo para recordar: Borges fue un apasionado lector de Wells, Bolaño de Philip K. Dick y Jorge Enrique Adoum de Ray Bradbury.

Escritores de tendencia realista han sabido nutrirse de la ficción especulativa, cada uno a su manera, como lo han demostrado Edmundo Paz Soldán en Iris, y Javier Calvo en El jardín colgante, o como ya lo han hecho David Foster Wallace en La broma infinita, Margaret Atwood en El cuento de la criada y Oryx y Crake, y Kazuo Ishiguro en Nunca me abandones; o de forma definitiva han dado el salto de lleno en alguna de sus obras como en los clásicos casos de Karel Čapek o Adolfo Bioy Casares.

En las artes plásticas tampoco se la desprecia. El estadounidense Mark Bryan ha utilizado elementos del género para nutrir sus sátiras, y el polaco Jacek Yerka ha integrado la pintura flamenca con la ficción especulativa.

En el cine es preciso destacar las obras de dos realizadores atípicos: Lars von Trier con Melancolía, y Yorgos Lanthimos con La langosta, quienes de forma sutil y con una estética que deslumbra, mixturan densos y feroces dramas con hechos fantásticos, por ejemplo, con un planeta que se acerca a la Tierra (en el caso del danés) o con una recámara que convierte a las personas en animales (en la película del griego).

Pienso también en seriales televisivos como Black Mirror o Westworld, que exhibidos en un formato de consumo de masas, plantean argumentos vigorosos y que seducen.

Quizá sea la música la única zona inasible, que no puede encasillarse.

Estoy hablando, desde luego, de artistas y obras que no se integran de lleno al movimiento, pero que lo utilizan como una herramienta expresiva, como un catalizador formal para estructurar sus ficciones y trabajar sobre zonas mucho más complejas.

En Ecuador, hay escritores que se valen de diversas búsquedas paralelas a la literatura de marcado tinte realista al uso, y otros más osados que hibridan los géneros para presentar sus iniciativas.

Tenemos el caso de Santiago Páez, que ha usado una narración de carácter realista (Puñal, Olvido), y que en mayor medida se sirve de la ciencia ficción sin despreciar otros planteamientos, como en Crónicas del Breve Reino, un libro que abarca más de un siglo en la historia de un país imaginado que resulta ser el mismo Ecuador, y en el que confluyen cuatro partes conformadas por novelas independientes que estructuran un todo (a la manera de 2666 de Bolaño) pero que funcionan cada una dentro de una propuesta: Rolando, que se vale de un registro histórico; Aquilino, que apela a lo policial; Adolfo, que remite a las novelas de aventura; y termina con Uriel, una nouvelle de ciencia ficción.

Tenemos el caso de Cristián Londoño Proaño, quien es poeta y narrador que ha desarrollado el término fantasía andina al que circunscribe sus novelas El tiempo muerto y El instinto de la luz, y quien ha escrito Los improductivos y Underbreak, dos novelas cortas de ciencia ficción que se incorporan al corpus de la literatura ecuatoriana.

Los improductivos es una apuesta por dibujar una colectividad dominada por un nuevo orden mundial en el que la democracia ha sido superada por los gobiernos corporativos. El mayor incentivo de un productivo es llegar a ser un Hacedor Robert Zach, una especie de gurú en una sociedad que paradójicamente desprecia todo tipo de espiritualidad y comportamiento individual, imponiendo a sus ciudadanos globales un permanente estado de alerta en las labores materiales, tanto así que en el caso de llegarse a notar un momento de descanso en algún compañero de trabajo, este hecho podría tomarse como signo de improductividad y ser denunciado al superior jerárquico. La máximas penas que se imponen a un improductivo es ser conducido al Banco de Órganos, lugar donde se reciclará su anatomía en beneficio de los seres que producen, o ser confinado al Instituto de Genética en donde se sugiere que se proceden a realizar estudios mengelianos. La novela se plantea la lucha de la supervivencia humana frente a su utilidad.

Underbreak resulta ser un híbrido entre ficción científica y novela policial. El drama y misterio se desencadena con el asesinato de Miko Kurosawa, presidente de la Corporación Imagined y creador del virtualizador, un novedoso dispositivo de entretenimiento con capacidad de recrear virtualmente hechos históricos y mostrarlos de forma vívida. La acción se desarrolla en New Pacific, una isla artificial que es la capital corporativa y global y que alberga la burocracia del Gobierno Terrestre Unificado así como los edificios de las principales corporaciones del mundo. Subpacific, es una zona de suburbios, y Bahía de la Paz, una lujosa franja de descanso para quienes están en la cúspide social. Destacan personajes como Kly, quien tiene la capacidad de comunicación postmórtem y que es perseguida por el reverendo Bastidas, Superior de los Pastores de la Iglesia del Buen Morir, de la que la vidente se ha apartado; la Iglesia tiene el monopolio de la práctica, y la persigue por ejercer el oficio de forma clandestina. En esta historia, el protagonista es John Damian Bellow, un shadow, un ejecutor, un verdugo, de la llamada policía terrestre que sin desearlo, deberá resolver el misterio de la muerte de Kurosawa.

Aunque presentadas de forma independiente y no interconectadas por elementos compartidos, en ambas novelas se rastrea la configuración de un universo común. Tanto Underbreak como Los improductivos invocan, en su sentido más amplio, a la globalización. Se presiente el maniqueísmo propio de las distopías aunque matizado por la dosificación de atractivas historias que nos mantienen en suspenso. Las novelas de Londoño Proaño poseen la cualidad de lo vertiginoso, y por su agilidad se podría llegar a percibir cierta fragilidad narrativa que es inmediatamente obviada gracias a que se celebra la audacia en la incorporación de argumentos originales, tramas sólidas y diálogos inteligentes. Las novelas cortas de Londoño Proaño están muy bien construidas, cerradas, y con una aparente sencillez escritural, con esa paciencia de escritor comprometido con el mundo que forja, escritura despojada de toda pretensión de artificio. Si deberíamos hacerle algún reproche, éste iría encaminado en el ámbito del estilo que puede querer pecar de sequedad, pero que es necesario para marcar las justas dosis de suspenso y la agilidad para el impacto, y en este caso, la superioridad del argumento no va en detrimento de una estilística en apariencia anoréxica que en Los improductivos llega a alcanzar una mejor presentación formal que en la construcción de su homóloga Underbreak. Lo primordial es que la literatura ecuatoriana pueda explotar todas sus posibilidades y sacar provecho de las cualidades imaginativas de las nuevas propuestas con una mejorada capacidad creadora y apostando por los riesgos temáticos. Prueba de ello son para mí las novelas que han empezado a desbrozar senderos, a pavimentar caminos de herradura, tales como estas de las que hablamos. No son novelas perfectas, pero son novelas necesarias.

Acotando: Terminamos de leer Underbreak o Los improductivos de una sola sentada entre expectantes, sorprendidos y extasiados.

Todo libro que aspire a la categoría de literatura debe anteponer las consideraciones inherentes a su escritura por encima de aspectos externos a la misma. De esta forma, ni Underbreak ni Los improductivos nos amonestan con leyendas morales, pero las consecuencias de las situaciones se plantean de tal manera que podemos intuir que brota alguna burbuja reflejando el comportamiento humano. Como decía Manuel Vásquez Montalbán, quizá en la literatura del futuro se pondrán en evidencia los nuevos mecanismos sociales con la lucha entre globalizador y globalizado, pero decir esto sería reducir el carácter dinámico de ambas novelas.

Las novelas cortas de Londoño Proaño son pequeños frescos distópicos, levemente apocalípticos, que nos sugieren las posibilidades de la derrota, de la enajenación y del exterminio (o la extinción) que conlleva no el avance de la ciencia, sino el oscuro espíritu humano, todo esto sin afán adoctrinador y sin postular las consabidas consignas que abanderan las novelas didácticas. Quizá una suerte de ética despunte de forma más clara en determinados personajes de Underbreak (que valga recalcar, es una extraña mezcla entre Philip K. Dick y Dashiell Hammett); pero será en su primera nouvelle Los improductivos, donde lo kafkiano adquirirá sus tintes más notorios, en una lucha individual contra engranajes desconocidos.

En nuestra actual novelística, a medio camino entre la estela naturalista legada por los maestros del treinta y las audacias de los innovadores formales de los setenta, se ubican rezagos estilísticos que patalean en un forzado remanso de tendencia urbana, novelas que son avaladas por las corrientes comerciales que pululan dentro del país y que están formando un supuesto nuevo canon, dejando al margen escrituras más arriesgadas como las novelas que nos ocupan y que han debido ver la luz en formatos no tradicionales y que bregan en las orillas de nuestra cultura (como minúsculos faros mediante los cuales el lector atrevido deberá orientarse), abriéndose espacios en otros países que se atreven a considerar las propuestas que nuestras editoriales ni siquiera se molestan en contestar con un no. (Los improductivos ya cuenta, en papel, con una edición chilena).

Jorge Enrique Adoum acostumbraba a decir, medio en broma, medio en serio, que había que fijarse bien al momento de pretender acabar con el padre pues por una distracción o un equívoco se podría terminar con la vida del inocente marido de la madre. En apariencia, la literatura de Londoño Proaño no necesita guillotinar la cabeza de padres literarios para demostrar con fuerza que una nueva escritura es posible, tal como lo está haciendo, a su ritmo y desde sus trincheras. Quizá este espejismo se deba a la naturaleza propositiva más que conflictiva del autor en términos de arte, aunque como narrativa atípica que se presenta, la escritura de Londoño Proaño no es una literatura que desprecie sus referentes; sucede que los referentes no son los esperados, sino algunos más vastos, más amplios. Esa necesidad artística de representar ya no un pueblo, ya no un país, ya no un continente, sino un mundo, es la posibilidad explotada por Londoño Proaño y lo convierte en un escritor que promete mucho.

Para culminar, noto que en la escena literaria nacional (tanto la tradicional como la emergente) interactúan nuevos planteamientos, dentro de los cuales destaca la ciencia ficción, a cuyo género se adhieren las obras aquí mencionadas. Y extendiendo nuestra mirada, de los actuales escritores ecuatorianos (hablando de narrativa, desde luego) que realmente están proyectando una palabra novedosa, que están haciendo una literatura que no solamente perdurará sino que cimentará nuevas directrices para las hordas posteriores de escribas, destacan entre otros: Leonardo Valencia con una novela casi fundacional como El libro flotante de Caytran Dölphin en la que sumerge una gran ciudad ecuatoriana bajo las aguas; Santiago Páez trabajando también con la ciencia ficción aunque adherido además a otras exploraciones; Luis Alberto Bravo con una literatura cercana en ciertos aspectos a Bruno Schulz o al onirismo de Cărtărescu (no en lo barroco, por supuesto); o la joven escritora Mónica Ojeda, quien plantea mundos fantásticos dentro de descarnados mundos reales.

Toda literatura lleva implícita, lo quiera o no, una particular visión de la realidad, que se cuela por los intersticios menos esperados; es decir, una ideología, así la ideología sea la falta de ideología, o el apremio por desprenderse de las ideologías. El arte del buen escribir consiste en hacer pasar inadvertida dichas posturas en los sensores del lector que por ningún motivo debemos tomar por ingenuo, todo esto para no herir susceptibilidades con palabras francas y que las propuestas puedan trabajar de forma soterrada. Y adviértase, para espanto de los polémicos, que no hablo de algún adoctrinamiento solapado, sino de la capacidad de recrear mundos mediante palabras, y esto se logra a través de formulaciones absolutamente personales.

Quizá con la ciencia ficción ocurra lo contrario, y he aquí la importancia del género. La ciencia ficción, de entrada, debe mostrar su cualidad de artificio, de creación, de ficción, para plasmar la representación del mundo que explore. Con estos lineamientos, la nueva literatura ecuatoriana (y con ella la escritura de Cristián Londoño Proaño), abandona la escenificación de un territorio y se sumerge en aguas más profundas o lejanas invitando al lector a recorridos de más complejos matices.

Y no obstante, que no le reprochen falta de latinoamericanismo a quien ha desarrollado la noción de literatura de fantasía andina.

La última noche del mundo – Ray Bradbury

Pues si, este escritor es genial y esta siendo candidato para uno de mis favoritos, este relato lo he encontrado leyendo su biografía y lo adjunto aquí de la misma forma que los anteriores.

Me parece bastante genial que el fin del mundo del que hablan durante toda la historia y que nadie sabe como será o cual es su motivación, nos resulte igual de desconocido a nosotros que somos los espectadores omniscientes durante toda la historia y que al final, todo termine con una despedida de buenas noches. Es un poco complicado darse cuenta que en realidad, el mundo de estas personas terminó en el momento en el que dejamos de leer.


¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

La ultima noche del mundo
La ultima noche del mundo

—¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

—Sí, en serio.

—No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

—Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

—¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

—¿Una guerra?

El hombre negó con la cabeza.

—¿Ni la bomba atómica o la de hidrógeno?

—No.

—¿Una guerra bacteriológica?

—Nada de eso —dijo el hombre, revolviendo suavemente el café—. Solo, digamos, un libro que se cierra.

—Creo que no entiendo.

—No. Ni yo, para serte sincero. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, solo una cierta paz —miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara—. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

—¿Qué?

—Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

—¿Era el mismo sueño?

—Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No fue planeado. Caminamos por nuestra cuenta, cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

—¿Y todos habían soñado?

—Todos. El mismo sueño, exactamente.

—¿Crees que será cierto?

—Sí, nunca he estado más seguro.

—¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

—Para nosotros, en algún momento durante la noche. A medida que la noche vaya avanzando alrededor del mundo, llegará el fin también para el resto. Tardará veinticuatro horas.

Durante un rato no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

—¿Merecemos esto? —preguntó la mujer.

—No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

—Creo tener una razón.

—¿La que tenían todos los demás en la oficina?

La mujer asintió.

—No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia —la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde—. Los periódicos no dicen nada.

—Todo el mundo lo sabe. No es necesario —el hombre se reclinó en su silla mirándola—. ¿Tienes miedo?

—No. Siempre he pensado que tendría mucho miedo, pero no.

—¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

—No lo sé. Nadie se exalta demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

—No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

—No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo, las niñas se reían.

—Siempre creí que cuando esto ocurriera la gente comenzaría a gritar en las calles.

—Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

—¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me ha gustado la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

—No se puede hacer otra cosa.

—Claro, de lo contrario estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

—Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

—Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

—En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

—¿Por qué crees que será esta noche?

—Porque sí.

—¿Por qué no en otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

—Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

—Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

—Eso también lo explica, en parte.

—Bueno —dijo el hombre incorporándose—, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

—No sé… —dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

—¿Qué? —¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

—¿Lo sabrán también las chicas?

—No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron juntos las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

—Bueno —dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

—Nos hemos llevado bien, después de todo —dijo la mujer.

—¿Tienes ganas de llorar? —le preguntó el hombre.

—Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

—Las sábanas son tan limpias y frescas…

—Estoy cansada.

—Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

—Un momento —dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

—Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

—Buenas noches —dijo el hombre después de un rato.

—Buenas noches —dijo la mujer.

Danzando Alrededor del fuego

La Felicidad que se Negaron

Mi turno para el #tallerapocaliptico en el grupo “El Ojo Critico” según las especificaciones:

Una de las cosas que mas me impresiona es la habilidad de crear ambientes alegres, tranquilos o felices capaces de transmitir emociones tan contrarias como tristeza, desesperanza o angustia. he leído algunos ejemplos y el mas reciente es “La ultima noche del mundo” de Ray Bradbury que usare como ejemplo para explicar lo que digo.
http://ciudadseva.com/texto/la-ultima-noche-del-mundo/
el reto que propongo es tratar de describir una historia, sea contemporánea, apocalíptica o post-apocalíptica que transmita una primera impresión feliz, pero de fondo haga sentir desesperanza o tristeza. en menos de 500 palabras.
como curiosidad, si lo desean, pueden agregar cuanto tiempo les ha llevado y en que se han inspirado para escribirlo.

Yo

(556 palabras) #noobcomplex

Tiempo de escritura: 20 minutos

Realmente no se en que me inspiré, tal vez en una especie de purgatorio, pero buscando que sea feliz. digamos que no lo tengo claro


La Felicidad que se Negaron

Danzando Alrededor del fuego
Danzando Alrededor del fuego

En el amanecer del tercer día, el festival estaba en todo su apogeo. Los rostros felices de las familias mostraban la emoción de asistir al último evento del año. Una niña avanzaba zarandeando su osito mientras saltaba entre los transeúntes que iban desapareciendo según avanzaba. Había perdido a sus padres, pero no lo sabía. No los recordaba, no le importaba.

El centro estaba lleno de personas bailando al ritmo de una suave canción que sonaba a lo lejos sin poder determinarse su origen. Coreografías elegantes desplegaban un mar de movimiento que hacía que la multitud se mueva coordinada como un ejército de hormigas que siguen un rastro en círculo que se extiende y contrae según cambia el tono de la música.

Los danzantes toman una pareja, cualquier miembro de la multitud cada vez más pequeña y bailan según suena la siguiente canción. Un suave Valtz con el cual se pegan y alejan con una sonrisa sincera de felicidad hasta que cansados al final de la canción, hacían una reverencia y desaparecían sin que a nadie le importara.

Las calles están llenas de locales adornados con todas sus galas. Comidas sabrosas se ofrecen a mitad de precio mientras las personas se abomban a las puertas esperando ser atendidas y con la eficiencia de mil máquinas los recepcionistas despachan sus productos con rapidez.

La emoción de la gente al recibir lo que buscaban era sin duda algo digno de admirar. Las familias buscaban un lugar donde tranquilos, con el murmullo de la gente conversando a su alrededor, se sentaban a comer, disfrutar de sus alimentos los cuales frecuentemente eran compartidos para probar los sabores que no eligieron. Algunos conversaban sobre lo que les había ocurrido durante el día y otro sobre cosas del trabajo. Algunas lágrimas corrían por sus rostros tras disculparse por alguna cosa del pasado y otros tan solo se recostaron a ver las nubes pasar mientras con dulces palabras se despedían y ascendían como un vapor etéreo que se disipaba en el aire.

El día avanzaba, las multitudes se disolvían como polvo arrastrado por el agua de la lluvia y los locales fueron cerrando, satisfechos de unas buenas ventas y quedaron vacíos.

La ciudad quedó vacía. El campo quedó vacío. El día se iba degradando mientras la noche nacía al ritmo de una suave canción que aún se oía en los parques donde los restantes aun jugaban.

Niños sin padres caminaban entre los juegos buscando algo que jamás existió, algo que nunca tuvieron y olvidando sus preocupaciones, comenzaron a entretenerse en largas conversaciones cuando no, en divertidos juegos que ellos mismos inventaban.

Los locales de comida aún tenían dulces y frutas que tomaban libremente y compartían hasta quedar satisfechos, llenos, felices.

El agotamiento llegaba a todos por igual y mientras una niña caminaba entre todos, cada uno de ellos fue despidiéndose con una sonrisa alegre con la esperanza de jugar una vez más, algún día como lo hicieron esta vez. Tal vez desearon atesorar su felicidad en el fondo de sus corazones, mientras se convertían en un vapor intangible que se diluía en el aire.

La niña por su parte, llegando a lo alto de un juego con cuatro resbaladeras se sentó y frente a su osito comentó.

— No tuve de quien despedirme. ¿Te quedarías aquí como recuerdo de nuestra amistad?

El osito sin decir nada observo como aquella hermosa sonrisa desaparecía con un imponente manto negro sin estrellas de fondo.

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